Me acuerdo

Argentina contiene la respiración

La devaluación del peso amenaza con disparar los precios y poner en jaque la economía de los hogares. Las políticas contradictorias del Gobierno debilitan la estabilidad. 

El País, 26 de enero de 2014.

***

Me acuerdo de un viaje en tren a la ciudad de La Plata en Argentina.

Me acuerdo que fue durante el año 2005, año fijado en mi memoria por la muerte de dos de mis hermanos.

Me acuerdo que mi destino único era la ciudad de Buenos Aires aunque, una vez allí, la curiosidad por ver y fotografiar la única construcción de Le Corbusier en Suramérica, la casa del Dr. Curutchet, me llevó a tomar un tren de cercanías con destino a la ciudad de La Plata. Como es mi costumbre siempre que viajo tomé apuntes de ese trayecto, apuntes que ahora transcribo o “paso a limpio”, como decía cuando era pequeño:

25.08.05

Escribo en un tren de cercanías lleno a rebosar

Un vendedor vende y declama.

–        Aspirinas y Efferalgan 500 para todo tipo de dolores.

Otro, un porta CD.

–        Portasidi, entran cuarenta compactos.

El tren se convierte en plaza, en mercadillo de la palabra, en anuncios radiofónicos de otros tiempos.

 –         Alfajores, cuatro por un peso.

–        Gaseosas y bebidas para la sed.

–        Atentos a la rifa que siempre toca.

 Miro por la pequeña y sucia ventanilla dividida en cuatro partes.

–        Vendo diario, vendo “Clarín Diario”.

El tren para en todas las estaciones, incluso donde no las hay, en no-lugares tirados en medio de la nada urbana de una obesa periferia. Las voces de los vendedores ambulantes no cesan: postres, mantecados, helados, la rica tableta de Oropesa (¿oropesa?), miro y es chocolate, de nuevo: alfajores triples

Frente a mí se sienta una mujer mayor muy guapa, falda y yérsey rojos, piel muy oscura, peinada hacia atrás, uñas pintadas, también de rojo. Collares, anillos y pendientes de oro “a juego” que destacan sobre su cuerpo moreno, nunca vi el oro relucir tanto. El tren inició su recorrido desde la estación de Constitución con destino a la ciudad de La Plata. El vagón está sucio y es muy antiguo. Desde que abandonamos el cobijo de la vieja cubierta metálica de la estación, que el sol hace menos lúgubre, me siento extraño a todo lo que sucede a mí alrededor. El pequeño vagón con sus pequeñas ventanas me recuerda la casa de Kafka en el Castillo de Praga. Tengo calor y abro (bajo) mi trozo de ventana de guillotina. Desde el vagón anterior llega una canción a dos voces acompañada de una guitarra. Un niño muy pequeño reparte estampitas de santos, al llegar junto a mí se detiene, me mira y como me ve escribiendo no me da la estampita, le quedo agradecido por su gesto de sensibilidad extrema. Prenda querida nunca se olvida…Canta un niño ciego cogido de la chaqueta de su padre que toca la guitarra, sus ojos miran hacia arriba, sin ver. La letra de la canción, la cadencia del bolero, el rasgueo disonante de la guitarra, los ojos elevados del niño que tratan de mirar detrás de donde todos nos encontramos, junto a un miserable vagón lleno de vida, me abisman en una melancolía despreciable que rechazo desde el mismo instante en que la siento. La triste canción desafinada, siempre los defectos son más tiernos que las virtudes, se ha instalado en mi interior y se me hace insoportablemente bella. La mujer india de frente a mi asiento, nuestras rodillas se tocan, me ha transmitido un repelús que tras recorrer su cuerpo ha recorrido el mío, desde la rodilla hasta la cabeza. Ahora disimula una lágrima colocándose un mechón inexistente en el interior de su denso y graso cabello.

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