Adiós

Sevilla, septiembre de 2016

Entré en la escuela como profesor en octubre de 1972, no sé qué día aunque recuerdo mi sensación de extrañeza al volver como docente al aula de proyectos que había abandonado hacía pocas semanas como alumno. No estaba nervioso, algunos de mis estudiantes eran amigos, los conocía de cursos anteriores y mi actividad se limitaba a ayudarles a mejorar sus proyectos, lo que ya hacía con algunos de mis compañeros de curso durante la carrera. Siempre rechacé el término “corrección” y sus connotaciones paternalistas, nunca me sentí con conocimientos y poder suficientes para corregir a nadie. Puede que mi proximidad y amistad con aquellos primeros estudiantes, sin yo advertirlo, se haya mantenido a medida que me he ido separando generacionalmente de ellos, curso a curso, y eso haya servido para configurar la enseñanza posterior y mi actitud ante ella.

Aquel año apenas comenzaba a ejercer como arquitecto y director de obras en el estudio de OTAISA, acababa de ganar mi primer concurso (Escuelas Pías) y mis expectativas eran más profesionales que docentes, lo que me llevó a pensar que mi vinculación con la Escuela de Arquitectura de Sevilla en aquel curso sería provisional. Hoy, cuarenta y cuatro años más tarde, sigo manteniendo con la enseñanza la distancia de un aficionado, respetuosa y crítica, esa es la razón de mi sorpresa al ser jubilado y superar las quince mil horas de clase, ¿cuántos proyectos y cuántos alumnos habré atendido desde entonces? Aunque ante ellos me siento tan joven como el primer día de clase.

Nuestra memoria, como he leído a algunos neurólogos, es una herramienta imperfecta. Acumulamos en nuestras mentes sólo trazas del pasado y cuando tratamos de hacer una unidad narrativa de nuestros recuerdos necesariamente fabulamos, los detalles que hacen verosímil la historia los inventamos inconscientemente. La última vez que me rompí el codo practicando ciclismo, al volver a la Escuela escayolado me vi obligado a repetir innumerables veces las causas del accidente. Al ser preguntado y repetir la historia una y otra vez fui consciente de ir introduciendo sin querer alteraciones en la narración que se suponía única y verdadera. La guardia civil, la ambulancia, la sirena, la sala de traumatología, el hueso salido…, aparecían en orden e importancia diferentes cada vez, incluso al observar las reacciones de mis compañeros resaltaba en la siguiente respuesta aquellos detalles que más impresión habían causado. Ya no utilizaba como referencia los recuerdos directos sino la historia que previamente había contado. Como ocurre cuando se repite reiteradamente una palabra: el significado había dejado lugar a la forma; la literatura del cronista se había apoderado del accidente que, sin embargo; seguía siendo tan real como la escayola de mi brazo. También intervenían los compañeros que se interesaban por mi salud, algunos apenas requerían una síntesis que resolviera con brevedad su educado gesto, mientras otros apuntaban alternativas al accidente a través de sus preguntas. Tan interesante fue la experiencia que cuando me restablecí y desapareció la escayola, y con ella las preguntas, la eché en falta.

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