Adiós

Me atrevería a afirmar que la forma imprecisa en la que conservamos los recuerdos se convierte en herramienta creativa, que la literatura nace de las deficiencias de nuestra memoria, que toda creación o evolución es consecuencia de nuestras limitaciones o singularidades personales. Como intuyó Darwin en El origen de las especies, toda evolución depende de un error de la naturaleza y esto es aplicable tanto al desarrollo artístico como al científico. Esta idea me ayudó en mi pretensión de “dar clases” y procuré atender a las individualidades y evitar la uniformidad, es la misma razón que me llevó a huir de los ejercicios en grupo que solo benefician al profesor que los imparte. El transcurrir del tiempo docente siempre se ha aliado con mis imperfecciones, lo que unido a mi deseo permanente de hacerlo bien, de que no se notara que era un aficionado, me ha permitido avanzar constantemente. ¿Qué distintas y a la vez qué parecidas eran mis clases del curso 1972/73 comparadas con las del curso pasado 2015/16? La práctica cuando se realiza de forma automática y rutinaria, acaba deformando y amanerando la acción, en cambio, cuando eres consciente de tus limitaciones y lo haces con inseguridad y poniendo mucha atención, resulta ser una fuente inagotable de aprendizaje y especialización.

Extraño hoy la forma en la que mis compañeros arquitectos me conceden cualidades docentes cuando el campo profesional y la construcción fueron siempre el centro de mi atención. Sólo la longevidad de mi actividad pedagógica justifica esta asimetría que, en mi opinión, no tiene una base lógica. La cátedra nunca estuvo entre mis objetivos, incluso puede decirse que su obtención fue consecuencia de mi permanencia en la Escuela y de mi curiosidad por la docencia, también de mi interés por ponerme a prueba y competir.

No quiero hacer muy larga esta carta, además mis reflexiones teóricas sobre el proyecto de arquitectura están ya en algunos libros, artículos y apuntes catóptricos, solo quería añadir, por si le sirve a alguien, dos condiciones o cualidades de carácter general que se han ido consolidando como ineludibles a lo largo de estos años: el afecto y la generosidad, que no creo haber practicado lo suficiente. En el corto periodo de un curso ningún profesor puede comunicarse con sus alumnos si no pone en juego una gran cordialidad, comprensión y cariño, junto a una generosidad sin límites para atender sus demandas, de esta forma además de conseguir enseñar algo cada profesor contará al paso del tiempo con muchos jóvenes amigos, quizá sea esta la mejor recompensa que nos depara la docencia. Más allá de los programas, conceptos y metodologías, el afecto y la generosidad son las cualidades básicas de todo buen profesor. A ello se debería añadir que es imprescindible saber algo de aquello que se pretende enseñar.

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