Andanzas por el margen de un libro. Danubio de Claudio Magris.

La casualidad hizo que en la ciudad de Granada confluyeran personas y eventos que darían lugar a las “andanzas” que a continuación se narran. Fue la noche del lunes 13 de abril de 2015 en el Carmen de la Victoria de Granada. La inauguración de la nueva sede de la Escuela de Arquitectura de Granada, la lectura de la tesis de Roser Martínez y una mesa coloquio sobre los inicios de la Escuela nos reunió en los jardines del Carmen a Juan Domingo Santos, Fernando Ramos Galino, F. Javier Gallego Roca y a mí. Javier, que nos esperaba desde hacía rato en un banco frente a la mágica vista nocturna de la Alhambra nos dijo que había visto a Claudio Magris, que también se alojaba en el Carmen, Juan me recordó la importancia del escritor y de su obra Danubio, que yo desconocía. A la mañana siguiente Juan me regaló un ejemplar de Danubio. Fue ahí donde dieron comienzos estas historias intrascendentes.

Verano de 2015, martes 28 de julio

10:50. En el aeropuerto de El Prat anuncian la salida inmediata del vuelo de la compañía Vueling con destino a Budapest, Puerta B-35. Nublado en Barcelona, calor y sol en Sevilla.

14:00. Llegada al aeropuerto Internacional Liszt Ferenc de Budapest. Nublado.

Lupe nos había ofrecido un servicio de traslado al hotel. Al salir de la recogida de equipajes, con ese sentido de deslumbramiento mental que todos sentimos en ese momento, decenas de personas con carteles de todo tipo rodeaban a los desconcertados guiris. Traté de utilizar mis facultades extrasensoriales que siempre me ayudaron a distinguir y escanear instantáneamente mi nombre escrito entre otros cientos o miles. En principio no dio resultado. Me llevó tiempo y esfuerzo localizar a una chica pequeñita, con una blusa de croché a la moda de este verano que subida y sentada en lo alto de un mostrador hablaba por teléfono mientras mostraba displicentemente un papel en formato A5 donde estaban escritos a bolígrafo, desmañadamente y en mayúsculas, seis o siete nombres. Fue por su posición esquinada y ajena a los otros “transportistas” y por el tamaño de su nota por lo que me alegré de que mis facultades hubieran funcionado de nuevo, a pesar de la demora. También porque en el micro cartel no ponía ni mi nombre ni mi primer apellido, la “moviltista” (persona que usa compulsivamente el móvil, fan del móvil) había elegido de entre las cuatro posibilidades que le ofrecía mi nombre completo, la última y escribió: “DELE YVA”. Confieso que me gustó esta variante internacional del apellido de mi madre, nunca me había sentido tan “mitteuropeo”. La chica apenas me miró cuando le pregunté, continuó  hablando y con un gesto me apartó a un rincón cerca de ella, donde ya aguardaba una joven pareja. Tras una prudente espera llegó un joven que tras consultar a la moviltista, que no dejaba de hablar por el teléfono y tenía una extraña habilidad gestual de mando con su mano libre, nos condujo a una furgoneta blanca. En el camino al centro de Budapest, el motor de la furgoneta emitió un leve quejido e inmediatamente el conductor se paró en el arcén, abrió el motor y nos dijo que no tenía ni idea de lo que ocurría, que el coche era nuevo. Contrariado nos propuso o enviarnos en taxi al hotel o agregarnos a otra furgoneta que venía detrás (“in a few minutes”) con dos asientos libres. Compartimos el resto del viaje con una familia catalana que iba al hotel Burg en Buda. Aprovechamos para recordar el barrio alto de la orilla derecha del Danubio antes de llegar a nuestro hotel, en la orilla izquierda, tras haber circulado por el túnel ojival Clark Adám que orada la colina de Buda y que nunca antes habíamos recorrido.

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