Andanzas por el margen de un libro. Danubio de Claudio Magris.

Giorgio tenía una furgoneta muy vieja matriculada en Roma y llena de herramientas, llevaba hasta una manta para tirarse debajo del coche. Hablábamos en italiano porque él trabajaba en Vicenza y vivía con su mujer en Dobra. Al comprobar que nuestro coche ni siquiera tenía gato, cuando se lo dijimos no se lo creía, sacó uno hidráulico de la furgoneta y quitó la rueda. Antonio se quedó junto al coche mientras nos trasladamos en la furgoneta a la casa de Giorgio, un horror pintado de rojo bermellón con rejas de aluminio. Me presentó a su mujer y sin más dilación se dirigió a una nave junto a la casa que resultó ser un taller completo de reparación de neumáticos, tenía incluso esa máquina que gira y desmonta las gomas. Estuve observándolo mientras comprobaba que el neumático no estaba dañado y golpeaba la llanta hasta devolverla a su forma original. Cuando terminó, hablaba poco, me dijo –¡ya está!, como nueva-. Luego me invitó a peras y ciruelas junto a un vaso de agua fría. Su mujer, él y yo, sentados a una mesa en medio de su huerto, instantes domésticos que nunca habría soñado vivir unos minutos antes. Con el arcángel Giorgio y su furgoneta volví al coche, donde con la facilidad de un experto volvió a colocar todo en su sitio. Aún nos quedaban más de cuatrocientos kilómetros hasta Bucarest. A la llegada, anocheciendo, y tras la experiencia de Belgrado, pedí a un taxista que nos condujera al NH Bucuresti, ese día no necesitaba de más emociones.

Domingo, 2 de agosto. Bucarest (Bucuresti, en rumano)

6.05 Desperté en una habitación enorme con muebles historicistas. Un día espléndido, tan temprano y ya había amanecido, estábamos muy al Este, me asomé a la ventana y vi el coche aparcado en el lateral del hotel. La ciudad estaba llena de solares y nuevas construcciones, llena de grúas. Aproveché la tranquilidad de esas primeras horas para d-escribir los incidentes del día anterior.

Antes de salir de Sevilla tuve la precaución de imprimir un artículo de El País de hacía unos cuantos años, lo encontré en internet, “Antojo de Bucarest” escrito por Mercedes Cebrián. En el texto se dice que nadie espere encontrar en Bucarest un retorno al pasado, que la modernización de la ciudad es evidente y guarda buenas sorpresas para quien la visite. Siguiendo sus instrucciones, recorremos el Bulevar (en Bucarest casi todas las calles suelen llamarse bulevares) Unirji, eje monumental montado por Ceaucescu que culmina con la enorme Casa del Pueblo, actual Parlamento rumano. Según cuenta Claudio Magris, las demoliciones en esta zona fueron tantas y tan extensas que la gente le llamó “Hiroshima”, nombre que aún permanece.

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