Andanzas por el margen de un libro. Danubio de Claudio Magris.

La gente de Bucarest llama “Hiroshima” al barrio de la ciudad que Ceaucescu destripa, hunde, allana, devasta, y desplaza para construir su centro, el monumento a su gloria. Shi Huang Ti, emperador chino, dudaba entre construir y destruir. Ceaucescu parece querer realizarse en una forma peculiar de demolición, el traslado. La sordidez tiene su misteriosa majestad en la desolación de esta prolongada mudanza, donde vive la magia de lo opaco, la realeza larvaria del subsuelo, de la vida gris y ciega que se desliza en los subterráneos y en las hendiduras y fluye, con los desagües de las basuras, hacia los ocultos tesoros del centro de la tierra.”

Uno de los más bellos párrafos escritos por Claudio Magris, con su intensidad habitual. Ahora cuesta trabajo, tras recibir el sol de agosto en la cara reflejado en la inmensa edificación de la antigua Casa del Pueblo, concebir el tiempo siniestro de las demoliciones del barrio Hiroshima, tampoco colaboran las fuentes de chorritos de colores del centro del Bulevar Unirji, más próxima a las verbenas de pueblo que a las decoraciones versallescas a las que querían imitar. El agua del Danubio y la tierra que holla, materias únicas de donde todo proviene y en donde todo termina.

10:00 Bucarest: El Museo de la Aldea.

El Museo de la Aldea, a orillas del lago Herástrav, es la lenta evolución del mundo campesino; las cabañas y las iglesias de madera, los tejados de paja y de barro…, las casas, las iglesias, las granjas, los molinos y las prensas de este Museo de la Aldea son auténticos, transplantados y reunidos en un conjunto artificial como es, precisamente, un museo.” C.M.

Para un arquitecto es difícil compartir la admiración de Magris por este museo, en el que los edificios rurales desarraigados flotan como objetos sin uso, sin sentido y sin paisaje. Un parque temático con cientos de casas, establos, graneros, molinos, mecanismos hidraúlicos, también iglesias. Una especie de zoológico de construcciones que permanecen aisladas, detrás de sus vallados individuales que también forman parte de la exposición y que son uno de los elementos de mayor interés. Está al aire libre, los numerosos niños que lo visitan usan el conjunto como parque de atracciones; corren, se meten por las ventanas o hacen girar las aspas de los molinos. Pienso que mientras los traslados que americanos e ingleses hacen de algunos edificios al interior de un museo (Metropólitan) subrayan e incrementan su valor, en este “museo” las construcciones sin paisaje se desvalorizan. Demasiada originalidad vernacular para un conjunto efímero que, como decía, sólo los niños saben disfrutar.

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