Andanzas por el margen de un libro. Danubio de Claudio Magris.

Lunes 3 de agosto. Mar Negro

Los griegos lo habían interpretado como inhóspito (ascenios) el nombre de “negro” que los indígenas dieron al mar interior. La fuerza de las palabras proyecta, también hoy, sobre el Mar Negro la imagen de un desierto acuático, de un gran estanque opresivo, un lugar de exilio, de inviernos y de soledades; Weininger lo asociaba a Nietzche, a un rostro oscurecido por las nubes e incapaz de serenidad.

Constanza, la antigua Tomi – el lugar del exilio de Ovidio”. C.M.

Eso afirmaba Claudio Magris que dudo que llegara a bañarse, como nosotros, en sus aguas. Como todos, el Mar Negro es un mar azul con playas de tierra negra, y muy bajo contenido en sal. El baño en sus aguas es más parecido al de las playas de Chicago que al de las playas de Huelva, pensamos que este fenómeno, contrario al del Mar Muerto, quizás pueda deberse a su mínima conexión con el Mediterráneo y a la gran cantidad de agua dulce que le aporta el Danubio.

Constanza es una ciudad de vacaciones, con muchos hoteles, veraneantes y chiringuitos.

Dejamos en Constanza el dulce y negro desaparecer del Danubio, algo más al norte, lo dejamos junto al libro amarillo de Magris que ya no volvimos a abrir. Regresamos a Budapest y pudimos ver de nuevo el río adulto antes de su muerte. Fenómeno que nunca he llegado a comprender ¿hay tanta agua en los manantiales de las montañas como para mantener el Danubio eternamente vivo?, ¿y el Guadalquivir?, ¿el fluir de un río no es como el fluir del tiempo, formado por una secuencia de instantes irrepetibles? Creo que los ríos mantienen el secreto del tiempo y de su eterno retorno.

 

Jueves 6 de agosto. Szentendre

En alguna parte habíamos leído que aparte de los recorridos turísticos por el Danubio y los cruceros de lujo existe una línea de transporte fluvial que une Budapest con algunos de los más significativos pueblos, aguas arriba. Consultamos y resultó que el muelle estaba a cinco minutos del hotel y que el próximo barco salía a las diez y eran las nueve cuarenta y cinco, razón por la que nos dispusimos a embarcarnos (escribo en plena travesía) a la carrera.

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