Andanzas por el margen de un libro. Danubio de Claudio Magris.

Viaje bellísimo en un espléndido día de verano, salimos a la hora fijada, la travesía duró una hora y media, a las once y media tomábamos tierra. El recorrido por el centro del río, el color de las aguas y la intensidad de la luz reflejada me recordó mis travesías infantiles anuales por el Guadalquivir, partiendo de Coria del Río en un gran barco de pesca de un amigo de mi padre del muelle de Sevilla (gracias papá por estos recuerdos), siempre era dieciocho de julio. Szentendre está en lo alto de una colina contigua al río, en la ribera se suceden las playas fluviales llenas de bañistas. Sorprende comprobar que a los bañistas apenas les llega el agua a las rodillas, incluso en algunas zonas parecen andar sobre las aguas. En ese momento recordé que nuestro barco cambiaba bruscamente de rumbo y tanto iba por el centro del río como por cualquiera de sus riberas, una vez advertido de esto descubrí las boyas de señalización que, como en la laguna de Venecia, marcan los canales de navegación dragados en el fondo del río. También el Danubio tiene en esta zona más apariencia que realidad.

Szentendre es una pequeña ciudad histórica que mantiene una numerosa población de artistas plásticos que aportan el carácter actual de la villa, con múltiples galerías,  venta de cuadros y esculturas. Comenzamos subiendo por la calle Bogdanyí, llena de visitantes y tiendas de recuerdos. Esta empinada calle desemboca en la plaza (ter) Fö, pequeña como su nombre pero con varios restaurantes y una galería de arte, en su entorno están las iglesias de San Pedro y San Pablo, parroquial, y la de Belgrado (Beograd) vestigio de la comunidad serbia que durante muchos años ocupó la ciudad. Comimos en el restaurante Elisabeth Ètterem Kávézó (“étterem” significa restaurante) una señora mayor con grandes poderes disuasorios nos invitó a sentarnos en una de sus mesas, parecía la dueña. Aunque pensamos que sólo tomaríamos una cerveza, y así lo advertimos al sentarnos, terminamos tomando tres cervezas grandes cada uno, dos magníficas sopas de champiñones (riquísimas), una ensalada griega con queso salado y un plato de queso húngaro que compartimos. Antes de la comida añadí un nuevo y extraño gato a mi colección, en la calle Bogdanyí lo adquirí por diez euros. Una obra menor del artista húngaro Andrea Vertel, www.vertel-andrea.hu.

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