Andanzas por el margen de un libro. Danubio de Claudio Magris.

Hasta las aguas del río Tisza, bajando el puente, llegan los sonidos catóptricos del carrillón del Ayuntamiento de Szeged.

13:30 Serbia.

Acabamos de pasar la aduana. Agentes muy formales, quiero decir formalistas, serios y con sellos que estampan desordenadamente en cualquier hoja del pasaporte. Me gustan porque certifican la visita y su fecha. Colores, olores, sabores y maneras clásicas de transitar entre dos países que me recuerdan otros tiempos, un doble control y por medio la tierra de nadie. Casi se me había olvidado con esto de la moneda única y los sentimientos nacionalistas y divergentes de la Europa actual. Los recuerdos aún cercanos de la guerra tensionan en mí el acceso a una nación que en mi anterior visita aún era parte de la Yugoslavia de Tito. Los agentes de la policía de frontera parecen haber adivinado mis pensamientos y me miran raro, por un momento pienso que me van a detener por lo que pienso.

A 110 km de Belgrado paramos a comer en una venta, todos los precios (incluidos los de la autopista) están en dinares y en euros. Permiten pagar en euros y dar la vuelta en la moneda que prefieras, o lo contrario. Aceptan todo tipo de combinaciones de los dos elementos tomados de dos en dos.

Una hermosa gata serbia ha compartido conmigo la comida y no me ha quitado ojo de encima, eso sí, antes le acerqué un trozo de carne de pollo.

Las ciudades concentran conflictos y energías de todo tipo, condición que se advierte cuando nos acercamos a ellas. Una especie de campo magnético que se hace muy evidente cada vez que nos aproximamos por primera vez a una ciudad desconocida, de la que aún no hemos aprendido los acondicionamientos necesarios para contrarrestar estos efectos. Eso explica la excitante y emocionante llegada a Belgrado, en la autopista los carteles con la palabra “Centar” dejaron pronto de aparecer, su lugar lo ocupaban otros de carácter ilegibles, impronunciables e indecibles. Nada más entrar tuvimos la sensación de habernos pasado cuatro pueblos del centro de Belgrado, el tráfico por la autopista de circunvalación era intensísimo. Irresponsablemente (pienso ahora) decidí tomar la salida inmediata. Sin solución de continuidad pasamos de la seguridad de la autopista a una periferia imposible, lo más parecido a las favelas brasileñas. En una ladera montañosa con calzadas estrechas e inexistentes, calles en las que apenas cabía el coche y grandes socavones en los que los bordes, cortados a filo, amenazaban la integridad de nuestros neumáticos. En los primeros momentos traté de volver a la autopista pero eso, era ya imposible, después de haber girado en varias encrucijadas. Metidos entre aquellos riscos veíamos impotentes aparecer los inaccesibles viaductos llenos de coches que contrastaban con la pobreza doméstica del entorno. Periferia autoconstruida, lamentable y desordenada, aunque llena de vida. Por vez primera hacía calor, 30º marcaba el termómetro del coche. Cambiamos de plan y decidimos, con algo de intuición, seguir el mayor flujo de tráfico, hasta que encontramos unas vías de tranvía que seguimos fielmente. Otro criterio era el descenso, nunca optábamos por calles que ascendieran. Poco a poco los edificios crecían en altura y las calles se hacían más anchas, incluso apareció de nuevo un cartel que anunciaba “Centar”. Fuimos conscientes por el tamaño de las calles, el intenso tráfico y el tipo de edificio, que habíamos llegado al centro de Belgrado, pero los carteles de las calles no se entendían ni coincidían con los del plano de Google que llevábamos impreso. Dábamos vueltas en medio de un tráfico complejo, típico de ciudad montañosa, con prohibiciones, medianas y semáforos que nos desviaban continuamente de nuestros objetivos. Era obsesivo porque, de vez en cuando, solo de vez en cuando, el móvil de Antonio en modo GPS decía: –Gire a la izquierda a 200 metros-, cuando nos encontrábamos en una especie de Gran Vía, acotados por carriles de autobuses y miles de coches. Traté de parar a un taxi para que nos condujera al hotel Zira, pero era imposible acceder a uno estando inmersos en aquel tumulto. Para colmo el GPS anunciaba de nuevo: –Se ha perdido la conexión GPS-. Conseguimos meternos en una calle lateral en la que estaba terminantemente prohibido estacionarse, un hombre de mediana edad limpiaba por dentro un coche a la puerta de un aparcamiento subterráneo. Bajé del coche y le pregunté por el hotel Zira, mostrándole al mismo tiempo el nombre del hotel escrito. Cuando estaba a punto de indicarme algo y asentía con la cabeza, haciéndose cargo de mi problema, llegó un “metomentodo” y dijo en serbio: –Qué pasa-. Entonces comenzó una conversación entre ellos que no pude seguir.  El señor “metomentodo” me dijo que saliera de nuevo a la “Gran Vía” y que cuando pasara siete semáforos, cada vez que decía el número de semáforos volvía a contarlos con los dedos, girara a la izquierda y tras recorrer unos trescientos metros vería el hotel Zira a mi izquierda. Entonces el primer hombre dijo que eran cinco semáforos y no siete. No quería volver a equivocarme y perderme de nuevo en esa enorme ciudad y le pedí que me señalara en el plano de google el punto donde nos encontrábamos, ya que tenía marcada la posición del hotel. Él puso un punto en un lugar que podría ser perfectamente el sitio donde estábamos, no obstante me miró y debió comprender mi inseguridad y dijo: –Mire, tengo mi coche estacionado en este aparcamiento, si espera cinco minutos le conduzco hasta la puerta del hotel-. Acepté inmediatamente y mientras esperaba que sacara su coche se aproximó un policía indicándonos que no era posible estar allí. No sé cómo Antonio se lo llevó hablándole y volvió diciendo que disponíamos de dos o tres minutos más (¿?). Cuando salió el “metomentodo” el policía ya se dirigía hacia nosotros de nuevo. Tras su coche comprobamos que se giraba en el quinto semáforo y que la calle por donde girábamos se parecía más a la inicial de las favelas que a las calles centrales, era una vía ancha en estado de transición, con edificaciones viejas y en ruina de una planta y grandes edificios de vidrio de doce plantas como el Centro Comercial Zira, donde se encontraba camuflado nuestro hotel. El solidario “metomentodo” había cumplido su misión no sin antes haber incumplido todas las reglas de tráfico, actitud muy habitual entre los serbios. Giró a la izquierda a la altura del hotel atravesando una doble línea blanca y se atravesó en la calzada mientras nos apremiaba a que giráramos nosotros mientras él detenía con su coche todo el tránsito de la calle; como iba hacia el otro lado, se despidió con la mano y volvió a girar en medio de la calle mientras el resto de coches tocaba el claxon.

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