Andanzas por el margen de un libro. Danubio de Claudio Magris.

No fue fácil encontrar un paso peatonal que nos permitiera cruzar el río, observamos que algunas personas para acceder a la estación de ferrocarril provenían, cargados con sus maletas, del puente verde (Zemunski Put) e imaginamos que podría haber en él un paso peatonal, como así fue. La vuelta, ya de anoche, fue algo más civilizada, elegimos acompañados por algunos ciclistas y peatones, el otro puente, el Branko most. Tras la larga y arriesgada caminata vespertina todo quedó compensado de nuevo por grandes y magníficas cervezas locales (me acuerdo de Praga) y dos brochetas de pollo en el restaurante italiano “Vapiano” del principio de la calle Knez Mihajlova.

Sábado, 1 de agosto. Belgrado – Bucarest

7:30 Nunca hay mucha gente en la sala del desayuno del hotel, una planta libre con fachada de muro cortina que muestra el desorden y la diversidad de las construcciones del entorno. Si giras la vista hacia la izquierda, en dirección opuesta al centro, descubres que al otro lado de la calle y unos cien metros más adelante está el cementerio, o al menos, un cementerio de mausoleos suntuosos, muros de ladrillo y esculturas funerarias. No creo que los pocos turistas que comparten el desayuno se hayan dado cuenta de ello, ni que el hotel utilice su proximidad como reclamo.

8:00 Salida de Belgrado.

9:30 Todo ha comenzado a complicarse, creíamos que estábamos más cerca de la frontera con Rumanía de lo que realmente estábamos.

Creo que salimos de la autopista antes de tiempo y a medida que avanzábamos por carreteras estrechas y locales nos íbamos perdiendo más y más. Nunca he visto tantos pueblos, apenas terminaba uno ya comenzaba otro. Tras unas cuantas encrucijadas con decisiones tomadas al tun-tún nuestra inseguridad era inmensa, habían desaparecido los letrero en alfabeto latino y todos los nombres de los pueblos estaban escrito en cirílico (alfabeto griego). En aquella zona, que creíamos muy próxima a Rumanía, no aparecía en ningún cartel inteligible la frontera.  En la travesía de uno de los pueblos pregunté a una señora por Rumanía y me contestó con una parrafada que no entendí, mientras su mano hacía el gesto de que siguiera adelante. Minutos después paramos en una gasolinera y pregunté al jovenzuelo que la atendía. Más preparado me indicó con la mano que esperara y en su móvil tecleó algo y me enseñó el resultado, allí ponía: 140 km. Puse cara de sorpresa ya que yo creía que estábamos lindando la frontera y el joven volvió a teclear y a enseñarme la pantalla, ahora ponía “7 km”, la llegada de un camión agrícola interrumpió nuestro absurdo coloquio. Tras unos cuantos kilómetros más por una red reticulada de innumerables caminos, nuestra inicial inseguridad se convirtió en absoluta desconfianza: estábamos perdidos. Estábamos perdidos en un laberinto, en la profundidad de Serbia y sin la más mínima posibilidad de ser rescatados. El GPS del móvil de Antonio había sido descartado tras su comportamiento en la llegada a Belgrado y las impresiones del “google map” eran claramente insuficientes frente a nombres de pueblos que ni siquiera sabíamos leer, recordé mi impotencia ante las integrales de cero a infinito del primer curso de arquitectura. Había que hacer algo, se sucedían momentos de euforia cuando creíamos haber encontrado una pista con otros de desesperación. Era consciente que todo era relativo y que no podíamos desdeñar en esa situación el conocimiento que estábamos adquiriendo de esa región agrícola de Serbia, la vida se hace intensa sin que tú intervengas en ello. En la radio del coche sintonizamos Radio Rumanía Actualita FM, algo era algo, descubrimos que al contrario de lo que ocurría con el idioma serbio, el rumano tiene un diez por ciento de palabras comprensibles, tanto que poniendo atención se podía seguir el contenido de los comentarios de los locutores. El único problema era que aún estábamos perdidos en Serbia y no sabíamos cómo salir.

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