Andanzas por el margen de un libro. Danubio de Claudio Magris.

Encontramos una casita con huerto y, en su huerto, un arco kirsch adornado con buganvillas rojas, también tres o cuatro pequeñas edificaciones más a ambos lados de la carretera, una era una tienda de neumáticos. Recordaba los pueblos de los western almerienses. Bajé del coche pensando que allí tenía que encontrar a alguien que hubiera oído hablar de la existencia de una nación llamada Rumanía. Mi víctima fue un hombre de unos cincuenta años, grande y grueso, con un polo rojo que, cuando lo abordé, miraba indolente hacía la carretera. Repetí por tercera vez y con distintas entonaciones y acentos la pregunta: ¿Rumanía?, ¿Romanía?, ¿Rumania? Como siempre el consultado repetía mi pregunta con cierta extrañeza, ¿Rumania? Mientras este señor me hablaba velozmente haciéndome indicaciones con su mano derecha extendida en línea con la carretera y yo le hablaba absurdamente en inglés, salió de la casita de Blancanieves, atravesando el arco de buganvillas, un hombre algo mayor que el anterior, canijo y más bajo. Como había sucedido en otras ocasiones, ambos comenzaron a hablar entre ellos señalándome a mí y al coche. El nuevo dijo una última frase de la que entendí la palabra “carta” antes de regresar a la casa, saliendo a los dos o tres minutos con un enorme y viejo mapa de carreteras de Serbia que extendió sobre una piedra que hacía las veces de mesa. El plano fue suficiente para que todos nos entendiéramos, el canijo señaló con el índice la frontera de Rumanía, nuestra posición y el curso del Danubio, que acompañaba en los últimos tramos a la carretera. Comencé a entender algo y a intentar que ellos me comprendieran. Yo decía en indio, en esos momentos ya había abandonado el inglés, cosas como: Kilómetros ¿cuántos?, mientras despegaba los dedos de mi mano, uno, dos, tres… Ellos dijeron que cuatro, cuatro kilómetros hasta el primer desvío a la izquierda. Se nos unió al grupo, era sábado, un hombre enorme y muy viejo, era una persona amable que se limitaba a acompañarnos, sonreír y asentir con la cabeza cada vez que yo creía comprender algo y anotaba en mi libreta. De él aprendí que izquierda se decía en serbio “leva”, o algo parecido.

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