Antonio y Paquita

Los domingos por la mañana venían Antonio y Paquita a comer a casa. Para mí, con nueve o diez años, su llegada siempre significaba un acontecimiento, un suceso reseñable en la penumbra de la posguerra, en una casa de vecinos que destilaba humedad y una mezcla extrema de resignación y grandes expectativas. Nuestra casa estaba completamente ocupada por muchas familias, no recuerdo ninguna estancia vacía y se podría decir que su visita nos implicaba a todos. Antonio y Paquita eran modernos, jóvenes y guapos, sus ropas eran diferentes a las nuestras, era como si ellos ya vivieran en otra época diferente, más avanzada. Su comportamiento, siempre amables y sonrientes, nos cautivaba y esta impresión que yo tenía debía de ser compartida por los otros vecinos ya que nada más llegar eran abordados y saludados por todos, a pesar de haber en la comunidad otras parejas de recién casados como ellos. En la sobremesa Paquita solía visitar otras casas (habitaciones de otras familias) mientras mi hermano Antonio compartía tertulia de sobremesa con mi padre y mis hermanos mayores, mi madre también intervenía en la conversación, de vez en cuando, desde la cocina. En mi memoria han quedado grabados aquellos días de sol antiguo y “partes” de Radio Nacional de España, a las dos y media de la tarde.

Mis primeros recuerdos de Antonio son tan remotos que se confunden con mis primeros recuerdos. Antes de ir todas las mañanas al trabajo Antonio solía venir a la cama grande de mis padres a despedirse de mí, allí me trasladaba mi padre todos los días a las cinco de la mañana, antes de irse al “muelle”. –“Machote, ¡vaya frío que hace! ¡Qué bien y qué calentito estás aquí! No te muevas”, esto lo decía mientras metía una mano helada debajo de la manta y me tocaba el pecho hasta que yo me encogía, entonces me besaba y remetía la ropa de la cama a mí alrededor. Yo era muy pequeño, incluso es posible que tuviera meses en los primeros recuerdos que se reiteraron más o menos igual todas las mañanas hasta que fui al colegio con cinco años. De esa época viene el apodo del Nene, apodo que inventé sin querer cuando empezaba a hablar, al encontrar dificultades para decir su nombre; es posible que esa fuera mi primera palabra y durante mucho tiempo, en mi casa, mi hermano Antonio fue conocido como “el Nene”.

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