Antonio y Paquita

(Escribí los dos párrafos anteriores para buscar consuelo el viernes seis de julio de 2018, según mis notas eran las dos y media de la mañana, Antonio había muerto apenas una hora antes y su cuerpo estaba en la habitación de enfrente, en el dormitorio del piso de Triana que Antonio y Paquita compartieron durante sus últimos cuarenta años. Ahora, días después, me encuentro capaz de continuar este obituario.)

Cuando conocí a Paquita tenía yo cinco años, lo recuerdo bien porque ese día se repitió varias veces mi edad y todas las personas que conocí por primera vez me lo preguntaban extrañados de que un niño tan pequeño fuera el hermano de Antonio. El acontecimiento debería de estar ya acordado porque en casa me vistieron con mi indumentaria de domingo, con unos pantalones cortos, camisa blanca y la chaqueta gris de punto con la que hace sólo unos días me recordaba aún mi hermano mayor. Los pantalones eran tan cortos que casi quedaban ocultos por la chaqueta que entonces se llamaba americana. De la mano de Antonio fui a un bar en la esquina de la Puerta Carmona, en los pisos de la Florida, frente a la farmacia de Fombuena. Allí nos esperaba Paquita sentada a una mesa, una joven bellísima que aún no había cumplido los veinte años. Toda aquella mañana se quedó grabada en mi memoria porque en nuestros recuerdos parece haber días que no pasan en balde. Por lo que luego he deducido aquel debía ser el día elegido por ellos, por Antonio y Paquita, para la formalización oficial de su noviazgo y yo había sido elegido como coartada. La nueva pareja me llevó a la casa de los padres de Paquita en la plaza de la Alfalfa, en una casa que aún existe en un rincón, en la segunda planta. Allí vivía Paquita con toda su familia, una abuela, un matrimonio y tres hijos. Probablemente aquella era la primera vez que Antonio entraba en la casa de sus futuros suegros. Me sorprendió la ancianidad de la abuela, probablemente por comparación con mi familia en la que todos éramos muy jóvenes, incluso mis padres. La abuela era una señora muy amable, como toda la familia de Paquita, que andaba doblada por el piso y que ocupaba la mejor habitación, un balcón sobre la copa de los plátanos de la Alfalfa.

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