Antonio y Paquita

La gran diferencia de años que me separaba de Antonio hace que algunas de las cosas que sé de su juventud no formen parte de mis recuerdos sino de las narraciones que he oído contar en mi casa. Antonio tuvo una juventud muy activa y original, formó parte de un conjunto musical de inspiración mejicana que (creo) llamaron los “Chamacos”, un conjunto que cantaba rancheras acompañados por guitarras y bandurrias que tocaban ellos mismos. Al mismo tiempo Antonio practicaba todo tipo de deportes, él mismo me ha contado, no hace mucho, que por la mañana, antes de ir a la oficina hacía un circuito amplio en bicicleta por los pueblos próximos a Sevilla, cubriendo una distancia por encima de los cincuenta kilómetros. Al parecer el ciclismo le servía como preparación para el boxeo, deporte que practicaba en un gimnasio próximo a casa, que nunca supe dónde estuvo. Como boxeador, a escondidas de mis padres que no les gustaba esta actividad, debió conocer el hampa sevillana que se movería entre los entresijos del racionamiento, el estraperlo y la miseria de la posguerra. Alguna vez le oí decir que un día trajo a casa un enorme saco de papas de cincuenta kilos montado en la bicicleta.

Su historia como boxeador terminó en la cumbre, con un brillante porvenir profesional por delante, el día que disputó el campeonato de Andalucía de su peso y lo perdió, quedándole en la cara huellas temporales de esa dura pelea que lo delataron ante mi padre que, con su habitual eficacia, intervino ante su entrenador, el director del gimnasio y el grupo de personas de su entorno, cercenando casi en origen todas sus expectativas. Quizás la práctica del boxeo profesional fuera una de las pocas salidas con futuro para un joven en aquella autárquica sociedad de posguerra.

Su inteligencia, su capacidad para contar historias y sus vivencias juveniles en un periodo muy difícil de nuestra historia reciente hacen que guarde en mi memoria muchas de las anécdotas que él me contó sobre la casa de vecinos en la que vivíamos y sobre la posguerra en Sevilla:

-Juan Luis, ¿tú conociste al bombero que vivía en nuestra casa?-, posiblemente me dijera su nombre o el apodo por el que en esa época era conocido, como casi todos los vecinos, nombre que he olvidado, -no, creo que no-. Tras esa pregunta comenzaba a contar una trágica historia de miseria y limitaciones que su sentido del humor, su facilidad narrativa y, sobre todo, el paso del tiempo, han convertido en un delicioso episodio digno de una historia fantástica del realismo de la España del siglo pasado.

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