Antonio y Paquita

Nuestra casa, como tantas otras, era una imagen reducida de la sociedad sevillana del momento; una muestra en la que podías encontrar a todos los personajes que representaban la población pasiva que sufría los despropósitos de la época. Una pequeña muestra en la que por supuesto no estaban representados los titulares del poder, que en buena lógica evitaron siempre el contacto con nuestra comunidad de sufridores. Resultó que, siempre según Antonio, el vecino bombero llegó un día, en pleno invierno y durante la guerra comunicando a todos que sabía de buena tinta que la ciudad iba a ser gaseada y con ella nuestro patio y nuestra casa en intramuros. Tras la alarma inicial y algunos gritos que se perdieron por las galerías de columnas del patio se produjo inmediatamente una operación encaminada a aprovechar la información privilegiada de que gozábamos y paliar los terribles resultados de las bombas de gas. El vecino bombero se erigió en el especialista sobre gases y cómo evitarlos, su primera orden fue tapar con mantas mojadas todas las rendijas de los balcones y puertas de la casa. No sin algunas protestas y ante la inminencia del ataque, los vecinos desmontaron todas sus camas, sumergieron las pesadas mantas en las pilas del lavado y trataron de tapar, cortando algunas de ellas en tiras, todas las rendijas de las puertas. Sólo quien haya conocido las malas condiciones de aquellos cerramientos de madera de puertas y balcones, muchas de ellas con cartones y papel de periódico que sustituían algunos cristales rotos, podrá comprender la dificultad que suponía obtener la estanqueidad de las habitaciones. Cansados por la actividad desarrollada y temerosos por el inmediato ataque, los vecinos se dispusieron a esperar y llegó la noche. Sin mantas y casi sin aire pasaron una de las noches más fría de sus vidas. La alerta se prolongó más de una semana y a la primera noche le sucedieron otras más, igual de gélidas. Cuando se secaron las mantas y las pulmonías comenzaron a hacer estragos entre los vecinos, algunas familias decidieron que era preferible morir gaseados que seguir padeciendo aquel intenso frío y paulatinamente se volvió a la normalidad recuperándose las mantas y cosiendo los trozos de muchas de ellas. Contaba Antonio que había pasado más de un mes de la alerta del vecino bombero sin vestigio de ataque químico alguno y aún se veía a algunas vecinas vestidas de negro, las mayores, llevando un pañuelo blanco mojado y atado al cuello, sobre la boca. Una especie de versión sevillana en blanco y negro de las películas de “cambois” (cawboys) americanas.

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