Antonio y Paquita

Mientras su hiperactividad juvenil: música, canto y deporte, absorbía gran parte de sus esfuerzos, Antonio obtuvo un empleo como contable en una distribuidora de películas llamada “Hernán Film”, trabajo que compartió con la administración del teatro Cervantes. La distribuidora ocupaba la última planta del teatro en la calle Amor de Dios. En aquella época las películas utilizaban como difusión comercial unas tarjetas de papel de tamaño postal donde se reproducía el cartel anunciador, con fotos de los actores y datos sobre las mismas, también existían en los vestíbulos unos expositores con grandes fotogramas de las películas programadas. Lo recuerdo todo bien ya que a través de Antonio llegué a tener una de las mejores colecciones de estampas de películas de los años cincuenta ¿dónde habrá ido a parar? En Hernán Film es donde conoció a Paquita, una joven secretaria recién contratada que, como era obligación de la época, se retiró a “sus labores” una vez casada con Antonio.

La programación del teatro daba mucho de sí, solía alternar películas de estreno con revistas musicales de vedettes, yo tenía algunas fotos dedicadas de Queta Claver; ciclos de zarzuelas, aún recuerdo la cara ancha, la boca grande y los dientes enormes del barítono Marcos Redondo, del que también tuve foto dedicada; otros espectáculos eran Compañías de Coplas y las matinales infantiles de “Galas Juveniles” a las que solía ir gratis, muchas veces acompañado de Lolita, la hermana de Paquita. Lo que menos soportábamos de aquellas funciones era el baile de Las Bodas de Luis Alonso que siempre cerraba el espectáculo y que casi se había convertido en himno de la paz franquista.

Alrededor de mi hermano mayor todo era espectacular y prodigioso, ahora es fácil comprender la atracción que ejercía sobre mí, sobre un adolescente, aparte de los beneficios de los que gozaba, asistiendo al teatro en los años cincuenta, a las funciones teatrales infantiles, imagino que junto a los hijos de una rancia élite sevillana, compuesta en esos momentos por ricos y fachas de todo tipo, los hijos de los vencedores, pienso ahora; sobre todo recuerdo a los hijos de falangistas que aún gozaban de prestigio y prebendas. En cambio, yo, era un infiltrado que informaba a todos los niños de mi casa de esos espectáculos, a veces con veracidad, como el día que hablé con la orgullosa y bella hija de la Concha Piquer; otras inventadas, como mi visita al camerino de Queta Claver mientras se cambiaba para el siguiente número, que tanto prestigio me dio en el barrio, ya que me obligaron a contarlo una y otra vez con detalles nuevos, detalles imaginados que jamás pensé que yo podría hacer realidad.

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