Antonio y Paquita

La pareja Antonio y Paquita por su forma de vestir, por su juventud y elegancia, asumían el glamur y la magia que en esa época tenía el cine, para mí y para todos. En mi visión casi infantil, ahora reconozco que equivocada, ellos tenían el atractivo de las películas americanas, de sus enormes casas con sus enormes frigoríficos llenos siempre de helados. Así veía yo su piso de novios en la calle Relator, con su vestíbulo de paredes pintadas imitando vetas de madera y su enorme aparador lleno de inútiles regalos de boda, sobre todo cafeteras eléctricas.

Aún no eran habituales las películas en color, mejor sería decir en tecnicolor, y fue durante esas dos décadas de los años 50 y 60 cuando se produjeron gran parte de las mejores películas del cine. No era yo solo el que disfrutaba de este acceso al Teatro Cervantes, ya que mi hermano Manolo se convirtió en esa época en un buen aficionado a la Zarzuela de la que discutía frecuentemente, como en él era habitual, con todos nosotros, siendo él el que más sabía de canciones, argumentos y autores. Todo ello influido por la publicidad franquista que trataba de subrayar el género como netamente español y comparable a la ópera italiana, un orgullo patrio, según los nodos de la época.

Ahora comprendo que la vida de Antonio difícilmente puede ser reseñada en una breve necrológica y que aunque me exceda de tamaño no puedo dejar de contar una de sus peculiaridades que más me sorprendían, su miedo. Su temor adolescente a todo lo sobrenatural, al más allá, ¿cómo era posible que una persona de su capacidad fuera temerosa?, pensaba yo entonces. A veces tenía que ir de noche a cerrar la contabilidad del teatro y me invitaba a acompañarlo, nada más atractivo para mí que sentir nuestros pasos, a la vuelta, en unas calles vacías a altas horas de la noche. Mientras él trabajaba en su despacho de la planta alta yo veía en el patio de butacas la película que estuvieran echando. Una de esas noches ponían “El experimento del doctor Quatermass”, una magnífica película de ficción y terror que vi con el cine casi vacío. Antonio, después de saludar al portero y a los acomodadores de discreta linterna, me dejó sentado en un asiento del patio de butaca próximo a la puerta que más directamente conectaba con su oficina, una de esas puertas con cortinas oscuras y pesadas de terciopelo que solían tener las grandes salas de cine. En medio de la película solía bajar a preguntarme cómo estaba y de camino me compraba algo, aquella vez recuerdo que me dio un “bombón helado”, un rectángulo de helado de vainilla cubierto de chocolate que venía envuelto en papel de plata y que había que comerse rápido porque se disolvía con el calor de las manos. Se sentó unos minutos a mi lado cuando la película estaba en su punto álgido con la aparición del monstruo extraterrestre, y al momento me dijo: -me voy, ¿no sé cómo puedes resistir esto?-

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