Antonio y Paquita

Recuerdo que cuando Paquita y Antonio vivían en Nervión, en una casa de una planta en la calle Goya, tuvimos una reunión familiar tipo santo o cumpleaños. En aquel entonces yo tendría dieciséis o diecisiete años y Antonio un “mosquito”, una especie de bicicleta con motor muy ruidoso que utilizaba para ir al trabajo, creo que entonces ya trabajaba en la Campsa (Cia del Monopolio de Petróleos), también celebrábamos que Paquita y Antonio estrenaban teléfono. Tras la copiosa y excelente comida, Paquita era una cocinera experta que intuía la importancia de la presentación de los platos y utilizaba su innata sensibilidad para sorprendernos a todos con sus interpretaciones de platos ya conocidos, aproveché la modorra generalizada para llamar a mi casa aun sabiendo que nadie contestaría ya que estábamos todos allí. Cuando sonaba el timbre llamé a Antonio y le puse el teléfono en el oído, -escucha, he llamado a casa, ¿no notas que el timbre suena en una habitación vacía? Es posible que si ha entrado alguien a robar ahora esté al lado del teléfono pensando si coger el teléfono o no, incluso es posible que se trate de un asesino a sueldo…-, Antonio me miró asustado, sorprendido, al tiempo que dejaba caer el teléfono y decía –Mamá, este niño está totalmente loco…-

Tendría que elegir entre muchas historias que recuerdo y tenía a ellos como protagonistas, siempre he pensado que la muerte de alguien produce una pérdida irrecuperable de recuerdos que mueren con la persona, quizás por eso me atreva muchas veces a escribir, aunque me encuentre muy lejos de la capacidad que tenía mi hermano para contar las cosas, especialmente de su alegría y su sentido inteligente del humor, algo que debió heredar de mi padre.

En orden a estimar la justa medida de cada cosa creo que debo ir terminando ya esta reseña que debería ser breve. He preferido precisar los recuerdos más lejanos, luego vinieron años igual de difíciles y los traslados forzados a Huelva y Palma de Mallorca. Paquita y Antonio siempre mantuvieron, ocurriera lo que ocurriera, su dignidad y su glamur, siempre fueron los anfitriones perfectos, como demostraron muchos años constituyendo y presidiendo la caseta familiar de “La Canela” en la feria de Sevilla. Sus cualidades fueron múltiples y su sociabilidad infinita.

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