Banderas y pelotas

Queridos amigos de gabinete (españoles todos),

Los días en que estoy nervioso apenas puedo dibujar veinte líneas seguidas, como los peores equipos apenas son capaces de dar cuatro pases, no es el caso de nuestra brillante selección. Entre comandos y ventanas, he pensado que Juan Luis estaría escribiendo, en paralelo a esta personal mañana difusa, algún regalo que enviarnos en las horas previas al partido de la semana en que fuimos los próximos campeones del mundo. Con el deseo de adelantarme en el marcador, he tratado de anotaros algo que pudiera acercarse a lo que él tendrá ahora entre sus manos. Pero he perdido. Por no agachar la cabeza, he decidido maquillar el resultado acercando alguna historia sobre mi escritorio al escenario de estos días, espero comprensión por la tergiversación futbolística de otros asuntos.

Una vez preparé un escrito titulado La destrucción creadora, sin connotaciones futbolísticas, desde entonces reúno episodios que sigan haciéndolo crecer, ejercicio de incoherencia respecto a su contenido. Por ello tengo pendiente algunas líneas sobre aquella vez que Robert Rauschenberg compró un dibujo de Willem de Kooning, lo borró y exhibió bajo el título De Kooning borrado por Rauschenberg, es un buen comodín para mis clases de patrimonio. Ando también con otras historias sobre ciertas analogías con la creación arquitectónica y el tiempo de esa otra generación brillante, como la nuestra del tiki-taka: la legendaria banda de los expresionistas abstractos. De todos ellos acaso fueron Robert Rauschenberg y Jasper Johns quienes mejor supieron reírse de la pasión desaforada de sus amigos de barra, tan dados a la angustia, a la épica y a la heroicidad, como los peores cronistas deportivos.

Fue Rauschenberg quien animó a Johns a que pintara un sueño en el que “veía una gran bandera”, luego él mismo incluyó esa materialización en el ensamblaje Cortocircuito. Johns pintó otra obra mítica y corrosiva: Dos pelotas. El pintor fue a colocar sus pelotitas, elegantes y solitarias, entre un mar de pasiones fingidas y trazos falsos. “Hay que pintar con dos pelotas” decían los chicos bravos del expresionismo. En las retrasmisiones de la semifinal de la otra noche pude escuchar diversas variantes de esta fórmula. Johns se dedicó a pintar, en variaciones sucesivas, la bandera de su país como un objeto sin fondo, fundiendo el icono con el campo pictórico. Pese a que hoy siga siendo conocido como el padre del arte pop, él sólo coqueteó con las imágenes populares al comienzo de su carrera, luego sublimó su juego, y su técnica se acercó al refinamiento de la escuela europea. Pero no se olvidó nunca de la bandera. Volvió a utilizarla, ya no como una imagen aislada, sino como un signo recordado, desgastado por el tiempo y desdibujado por la memoria. Dejó de ser un pintor fácil y placer simple, se entregó al misterio y como si hubiera aceptado la condición zen sobre la función del artista, se alejó de la multitud en su distante retiro. Abandonó la inmediatez de la bandera original en favor de la ensoñación y la memoria. El IVAM reunió una de las últimas series con el hermoso título Cosas del pasado y del presente. La inclusión de recuerdos familiares junto con referencias a obras de artistas a los que consideraba figuras paternas, como Picasso, retrataba una autobiografía disfrazada.

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