Cartas desde Venecia 11

(Acabo de recoger la ropa de la primera lavadora y poner la primera “asciugatrice”, todo va bien).

Quizás la razón de esta última e inesperada carta, para mí al menos, se deba a mi visita esta mañana al Lido. Terminé pronto de revisar mis “schede” de “Venezia di carta” y dado el buen día que hacía, sé que en Sevilla estaba diluviando, decidí visitar las playas y ver el mar abierto. Cuando estoy solo, cuando nadie me acompaña, me suelen suceder cosas extrañas y una de ellas ha pasado esta mañana. A veces pienso que mi placer por observar lugares y personas, me convierte en un pararrayos que atrae fenómenos que lindan con la parasicología.

Me equipé con la incómoda tablet, la cámara Nikon ha decidido estropearse hace unos cuantos días, y opté por tomar la línea 5.2 del vaporetto que se encuentra a sesenta metros de “casa”. Antes de salir le eché una ojeada a un folleto del Lido que encontró Sergio, todo me era conocido aunque antes de marchar corté un plano muy simplificado de la isla y lo metí en el bolsillo del vaquero pensando que a lo mejor me haría falta. Nunca se sabe.

Cuando llegué al Lido nada me recordaba mi anterior visita en la década de los ochenta. La “fermata” del Lido es moderna, no sé si contemporánea, y no se parece a las de Venecia. El Lido es una mezcla entre Matalascañas y Venecia. La parada de los barcos está en un extremo, en piazzale Alberoni (según el mapa simplificado). Da un poco de respeto mirar la longitud de la isla, la proporción entre ancho y largo es de 1/12 aproximadamente. Aquí todo el mundo va en bicicleta. Decidido a explorar el mayor terreno posible eché a andar tratando de cruzar el espesor de la isla, ver el mar cuanto antes y caminar a lo largo de la playa. También sabía que si el mar y el sol estaban a mi derecha caminaría en dirección al otro extremo del Lido, es difícil perderse en un rectángulo tan estrecho, en una barrera de terreno entre el mar y la laguna, pensé.

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