Cartas desde Venecia 11

Encontré un canal que se cerraba sobre sí mismo formando una especie de pentágono, miré en el plano y allí estaba, ponía “Fortificazione austriaca”. Giré hacía la izquierda porque debía de evitar un campo de golf que ocupa ese extremo de la isla. No muy tarde y caminando por algunas calles terrizas ocupadas sólo por coches, llegué a lo que debía ser una especie de Paseo Marítimo, arbolado y con la playa cercada por una reja, ya estaba frente al mar Adriático. Más adelante pude bajar a la arena por un artefacto metálico parecido a una atracción de feria, había algunos viejos más y eso me hizo pensar que iba por buen camino. Ponía “Spiaggia libera”, la arena no era tan blanca como yo la recordaba, era oscura y gruesa, con piedras grandes, en la orilla una orla de gruesas algas ponían marco a un oleaje muy suave. También había algunas conchitas de almejas, pocas y pequeñas. Cuando estaba otra vez en el paseo vi un mapa municipal, era muy detallado y quizás por eso no supe encontrar el sitio exacto donde me encontraba, apenas hacía una hora que había comenzado el paseo. Como el sol estaba muy arriba y las nubes del principio del día habían desaparecido totalmente me quité el jersey azul y me lo até a la cintura.

Unos minutos más tarde llegué a un extraño lugar donde desaparecía el paseo y que no estaba en mi plano. Al principio no me preocupé y seguí lo más recto posible, con un mapa tan esquemático no se puede caminar, pensé. Rodeé una especie de Centro Médico y me encontré en un territorio muy poco urbano, tuve que sortear una especie de zona militar llena de carteles que advertían de la imprudencia de aproximarse a ella, el lugar estaba solitario. La única forma de continuar andando con el mar y el sol a mi derecha era seguir por unos estrechos caminos de madera que serpenteaban entre arbustos y pequeños montículos. Miré a izquierda y derecha y sólo veía campo o mar, la ciudad había desaparecido. Como me adelantaban algunas personas con niños en bicicleta no me sentí perdido. Me adelantó una joven deportista que corría a gran velocidad embutida en un “body” negro, pensé que sería agradable ir con ella pero era absurdo ponerme a correr a su lado, además mi forma actual no me lo permite. Me conformé con seguirla con la vista, a los pocos segundos estaba lejísimo. Afortunadamente el camino bajó a la playa, pero terminó y tuve que seguir las huellas de la corredora sobre la arena. Fue entonces cuando aparecieron aquellos montones de piedras ocres que, en un principio, me parecieron pueblos lejanos, pero luego resultaron ser piedras apiladas cercanas.

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