Cartas desde Venecia 11

Una pareja de ancianos alemanes aparecieron junto al muro. Los miré y pensé que no estaban en mejor forma que yo, que cerca de allí debía de haber una salida. Sobre el muro asomaban unas cuantas grúas, estaba en una especie de obra, recordé que cuando comencé a caminar por los caminos de madera atravesé una puerta cerrada que permitía un paso lateral. Un helicóptero cruzó sobre mi cabeza a muy baja altura, luego se detuvo sobre la zona militar. ¿Estaré en un campo de tiro? Mis pensamientos empeoraban la situación, traté de no imaginar nada hasta que encontrara la razón de este lugar, seguro que aquello tendría alguna explicación fácil, me dije para tranquilizarme. Efectivamente, por la zona por la que habían aparecido los alemanes había un sendero que subía al camino de arriba. Subí y resultó ser un fantástico recorrido formado por las grandes piedras que había visto apiladas, me recordó la “vía Apia”. Mientras las piedras de los muros de contención laterales apenas estaban tratadas para formar el plano inclinado éstas estaban bien cortadas formando una senda sinuosa que se perdía en el mar.

Aquello no podía ser, estaba en una especie de istmo, en una pequeña península con el mar a los dos lados. Ahora si estaba seguro de haber cambiado de isla. Me encontré perdido pero con el placer que siempre me ha producido figurar en el centro de una historia. Giré y volví hacia atrás, a mi derecha había una especie de puerto con barcos. Pronto desapareció el nuevo camino de piedra y continuaron los senderos de madera que me habían llevado allí, cada vez se parecía más aquello a Matalascañas y menos a Venezia. Distinguí un plano informativo, aceleré el paso, era un típico cartel pedagógico de explicación de la flora y la fauna del lugar, que no lo he dicho hasta ahora pero era muy atractivo. El cartel indicaba “Le dune di San Nicolò al Lido”, miré mi mapa y descubrí que estaba en una esquina de la isla, al lado del aeropuerto Nicelli. El camino de piedra estaba dibujado allí, se llamaba Diga di San Nícolo. Casi corriendo recorrí un trayecto de tierra por el que recordaba haber transitado ya en sentido contrario, hasta que llegué a Piazzale Rava. Ya todo coincidía con el plano, en la plaza me senté en un banco porque una vez orientado me apercibí del cansancio que tenía. La calle de enfrente se llamaba vía Selva y también estaba en el plano. Pensé que el mapa no era tan malo que todo había sido una mala apreciación de su escala, cuando creía que aún no había recorrido una tercera parte de la isla estaba ya al final de ella. Tras un ligero descanso y con la alegría que te aporta estar orientado, llegué al final de la calle Rava, efectivamente allí estaba la laguna y a lo lejos el campanile de S. Marco, mi refugio desde hace tres meses.

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