Cartas desde Venecia 5

Venecia 15 de marzo de 2016.

Queridos amigos, hoy quiero contaros un cuento:

Érase una vez una ciudad hechizada llamada aizeneV, todo en ella era diferente, las calles, las casas, las plazas, los niños, los jardines, los pájaros, las escuelas, los palacios, las puestas de sol…

Así no vamos a ninguna parte, es mejor empezar por el principio para que este cuento tenga algún sentido, permitidme comenzar de nuevo:

Cuando los relojes aún no se habían inventado y el tiempo apenas era la constatación del movimiento, de un antes y un después. Cuando los hombres eran dioses y los dioses hombres. Cuando la historia aún no era historia y cada individuo se bastaba con sus propios recuerdos, ya existía aizeneV, al menos ya existía el paisaje acuoso, concéntrico y circular que posteriormente formó parte de su esencia.

Creen los más viejos habitantes del archipiélago que en un principio estaba todo mezclado, la luz con las tierras y las aguas con la luz. En ese lejano tiempo surgió en este punto la diosa Afrodita que con su impulso emergente levantó olas concéntricas que crearon residuos en sus bordes y así se formaron las tierras que la guardan y circundan. Afrodita, la Venus romana, tras poner orden en sus trenzas se asomó a admirar su cuerpo y su cara en el reflejo sereno del humedal,  fue en ese instante cuando el espejo de agua reveló, escaneó, grabó, la imagen de uno de sus ojos. Su ceja fue tierra firme, bosques espesos y altos sobre los que se asomaban montañas nevadas, sus pestañas cerraron el círculo entorno a la isla central donde andando los siglos se situaría la ciudad de aizeneV. Arbustos, cañas y bosques cercaron el blanco de su ojo que acuoso por el despertar se transformó en laguna, una laguna que humedecía y protegía la pupila de la diosa que, al dilatarse por su mirada atenta y profunda condenó estas tierras a la belleza eterna. Así, cada visitante quedaba hechizado y reconocía, viera lo que viera, estar en el lugar más bello del mundo.

“Veía claramente un paisaje: una comarca tropical cenagosa, bajo un cielo ardiente; una tierra húmeda, vigorosa, monstruosa, una especie de selva primitiva, con islas, pantanos y aguas cenagosas; gigantescas palmeras se alzaban en medio de una vegetación lujuriante, rodeadas de plantas enormes, hinchadas, que crecían en complicado ramaje; árboles extrañamente deformados hundían sus raíces hacia el suelo, entre aguas quietas de verdes reflejos y cubiertas de flores flotantes, de una blancura de leche y grandes como bandejas. Pájaros exóticos, de largas zancas y picos deformes, se erguían en estúpida inmovilidad mirando de lado, y por entre los troncos nudosos de la espesura de bambú brillaban los ojos de un tigre al acecho… Su corazón comenzó a latir aceleradamente, movido de temor y de oscuras ansias.” Thomas Mann (Der Tod in Venedig, 1912).

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