Cartas desde Venecia 6

El 14 de febrero, que me parece ya tan lejano como si hubiera pasado más de un año, visité con Serena y Roberto una exposición en el Palacio Ducale, recuerdo la fecha exacta debido a que era el último día de la exposición. Tras alguna demora debida a la tempestad de lluvia que caía ese día sobre Venecia y mi condición de persona sin móvil, que no inmóvil, terminamos por encontrarnos y aprovechando los soportales de la plaza de San Marco para protegernos de la fuerte lluvia, subimos al restaurante del Museo Carrer donde comimos viendo la plaza vacía, al fondo se desdibujaba la basílica bajo la intensa lluvia mientras visitantes y turistas abarrotaban los soportales de la plaza. Curiosamente la exposición se llamaba “Acqua e Cibo a Venezia”, algo así como “Agua y Alimento en Venezia”, justo lo que nos estaba ocurriendo a nosotros. Tras comer nos dirigimos al palacio Ducale utilizando de nuevo la galería cubierta en torno a la plaza de San Marco.

No sé cuál era la razón de que no hubiera visitado nunca ese palacio, seguramente era porque formaba parte de todos los recorridos turísticos y no me gusta encerrarme en un museo cuando visito una ciudad. El Ducale es mucho más que su exquisita fachada frente al bacino de San Marco. Entramos por la puerta central de esa fachada y nos encontramos con un claustro que prácticamente repetía el tamaño de la plaza de San Marco, girado noventa grados. A la izquierda, una fachada gigantesca con un doble orden superpuesto, el superior apuntado en ojiva, y sobre los claroscuros que formaban las columnas de piedra blanca, un muro ciego de grandes ladrillos venecianos de igual tamaño que el doble orden inferior y en el que destacaban a modo de palcos reales de un teatro, unos miradores recercados por piedra blanca; en la fachada de enfrente se superponen cuatro arquerías muy diferentes entre sí. Mientras las dos plantas inferiores uniforman tres de los lados del patio, el cuarto, el que es contiguo a la basílica, es diferente y de una belleza suprema. Un difícil equilibrio de simetrías, fachadas monumentales y escaleras, presididas por las cúpulas bizantinas de San Marco. Después de eso subimos por la magna escalera interior abovedada y cubierta de pinturas hasta llegar a la exposición, una magnífica muestra de la cartografía italiana. Cuando terminé de verla, apresuradamente ya que estaba anocheciendo y se iba a cerrar el palacio, me uní a los últimos turistas que visitaban el Ducale, fue entonces cuando descubrí la Sala del “Maggior Consiglio”. Un paralelepípedo vacío recubierto de pinturas, un vacío tallado en el interior del palacio en el que cabría mi estudio de Sevilla y gran parte del barrio de Santa Catalina. Impresionado por la desmesura de las medidas y riquezas de la sala del Consejo, aún tuve la oportunidad de sorprenderme por el tamaño de las mazmorras y la estrechez interior del puente de los Suspiros. Uno de los atractivos secundarios de esta visita era la visión de la ciudad por las ventanas superiores del palacio, jardines, cubiertas, torres y canales se superponían en imágenes inéditas para mí.

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