Cartas desde Venecia 7

Venezia 27 de marzo de 2016.

 

Queridos amigos,

Ahora, tras varios días de sol y temperaturas por encima de los diez grados puedo asegurar que hemos entrado en la estación de la primavera. Aquí todo es muy formal y será esa la razón de haber hecho coincidir la entrada oficial de la primavera astronómica con el cambio del tiempo, con la entrada del buen tiempo. Sorprende el claror de la ciudad cuando sale el sol tras muchos días de lluvia y cómo su luminosidad es mayor que en otros lugares, creo que se debe a dos causas: la ausencia de coches y contaminación urbana y el reflejo de la laguna que crea en torno a Venecia un aura luminosa. Es el mismo efecto que se utiliza para grabar películas o hacer fotos de exteriores cuando se añade a la luz natural elementos reflectantes que iluminan las zonas de sombra. Aunque estoy seguro que aún daremos algún paso atrás, no me importa confirmar que hemos abandonado el invierno, hasta el porcentaje de humedad ha descendido y los árboles de los “campos” comienzan a abrir los brotes que cubren sus ramas. El árbol más tempranero ha sido uno del pequeño Campo de Santa María Nova, junto a la bellísima Chiesa de Santa María dei Mirácoli, que hace una semana presentaba todas sus ramas desnudas y que el último lunes, sin apenas hojas, estaba lleno de flores como si fuera un almendro cualquiera.

Desde hace mucho tiempo tenía previsto una rápida excursión a la ciudad de  Lubiana (Ljubljana o Ljubljanski grad) en Eslovenia, antigua Yugoslavia; viaje que hemos efectuado el último fin de semana coincidiendo con la entrada en la nueva estación meteorológica. Siempre pensé que la única forma de ir a esta ciudad a ver la sorprendente obra del arquitecto Joze Plècnik era aprovechando una estancia en Venecia, excursión que pensé a finales de los años setenta con motivo del programa de “Estudios Comunes” entre las escuelas de Las Palmas, Sevilla y Venecia y que después de muchos años he conseguido gracias a la ayuda y generosidad de Claudia.

El sábado 19 previo a la Semana Santa, entre el viernes de Dolores y el Domingo de Ramos, partimos Antonio, Kaulani y yo en tren desde la ferrovía de Santa Lucia con destino a Cervignano, donde nos esperaban Maurizio y Claudia en un enorme Volvo XC90. El día era espléndido y la temperatura también. Maurizio conducía bien aunque de forma muy deportiva. Los campos que no estaban cubiertos por una manta verde mostraban filas de vides muy cuidadas que en esta época del año aún estaban secas, atravesábamos la zona de producción del popular vino italiano “prosecco”. En poco más de una hora desde nuestra salida de Cervignano llegamos a Lubiana. Ciudad limpia y cuidada con aspecto alemán o incluso nórdico, con un río y un castillo, que en ciertos aspectos me recordaba a Cracovia. Me sorprendió que, en el mapa oficial que tenían en el hotel, la zona central estuviera zonificada por tres círculos concéntricos que con centro en “los tres puentes” de Joze Plècnik marcaban las distancias a recorrer a pie, cinco, diez y quince minutos, recordé los planos de la ciudad de Chandigarh y sus escalas gráficas de tiempo. Hacía calor, las calles estaban llenas de gente muy joven que ocupaban todas las terrazas de los restaurantes. Reconocí las intervenciones de Plècnik, sobre todo aquellas que conformaban las riberas urbanas del río Ljubljanica. Había desaparecido la humedad de las calles de Venecia y había mejorado notablemente la temperatura. Una nutria se convirtió en espectáculo en las orillas del río, nunca había visto a ninguna fuera de un recinto acotado,  se exhibía justo en el lugar de la confluencia de los dos brazos del río, donde Plècnik había proyectado unas gradas que se hunden en las aguas, que se convierten así, durante algunos centenares de metros, en las del Ganges de Mitteleuropa.

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