Cartas desde Venecia 7

Pero ordenemos cronológicamente la narración, para concentrar nuestras actividades en los dos días de que disponíamos antes de entrar en Lubiana visitamos el Cementerio de Žale (Poslovitveni kompleks Plečnikove Žale), también proyectado por Plecnik, el discípulo del arquitecto vienés Otto Wagner. Allí nos aguardaba un edificio ceremonial de acceso que presentaba algún problema compositivo entre la cuadrícula de columnas de un propileo y su forma en planta de exedra. Para introducir a Kaulani en nuestro interés profesional en la arquitectura propuse un concurso para elegir la mejor foto del viaje, lo que produjo una continua confrontación entre Claudia y él, los mejores fotógrafos del grupo. La arquitectura de pequeños pabellones a la entrada del cementerio me recordaba la disminución de tamaño que produjo en los años ochenta el postmodernismo, aquello parecía una colección de grandes maquetas. El concurso fotográfico resultó adecuado a la arquitectura que estábamos viendo, todos tratamos de obtener fotos de la luz cenital que descendía entre las columnas del propileo, de los detalles de ventanas con ángeles o de los balaustres superpuestos en filas con los que terminaban algunas edificaciones. Kaulani empujaba cuando te veía hacer algunas fotos diciéndote que te estabas copiando, ya que esa la había hecho él. El sol ayudaba a comprender el juego semántico y metafórico de aquella arquitectura de la muerte que no se conformaba con resolver un problema constructivo y funcional, arriesgándose también a ser un lenguaje pleno de símbolos.

Tras nuestras dudas sobre cómo escapar del aparcamiento cerrado con barreras en el que nos habíamos metido -cuando ya habíamos descubierto la máquina para pagar el estacionamiento y que los fines de semana era gratis vino una señora muy amable a contárnoslo- salimos hacia nuestro hotel.

Paseábamos por las calles de la ciudad con la alegría de unos excursionistas, nos asomábamos a todos los escaparates y mirábamos todos los precios y menús de los restaurantes, extraordinariamente baratos si los comparábamos con los precios de Venecia. Nos entusiasmó el “Glavna trznica” o Mercado Central, formado por una larga galería cubierta que constituía una de las riberas del río, sobre él se perfilaba la silueta del castillo. Parecía ser cierto lo que alguna vez había leído sobre las referencias clásicas de Joze Plecnik para inventarse la nueva ciudad. El Glavna era una “estoa” de varios centenares de metros que cubría la ribera del río entre Tromostovje (el triple puente) y el Zmajski o puente de los dragones. El clasicismo vanguardista de Atenas importado a la pequeña ciudad eslovena, un singular pórtico adaptado a la curva convexa del Ljubljanica que, esta vez sí, pone en escala la verticalidad del castillo sobre la colina verde que alcanza la cota de 403 m, cientos de metros por encima del nivel de las aguas del río.

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