Cartas desde Venecia 7

En Lubiana sentí una alegría y libertad recuperada de mis años escolares, la dicha sin límite de disfrutar al mismo tiempo de la camaradería y del conocimiento de un nuevo paisaje, de nuevas tierras y nuevas costumbres. Nunca pude imaginar que entre la pesada carga de años de mi experiencia se pudiera colar como un gas desprendido desde  mi infancia esta capacidad de sentir y percibir nuevas sensaciones. Me acordé de cuando casi era un bebé y sentí, por primera vez, la proximidad del mar en un viaje en tren con mis padres a Cádiz, lo presentí a través de los aromas salinos que nos llegaban por la ventanilla abierta del vagón.

Hay días que estés donde estés parecen llevar en ellos un sello, una sustancia que los hace singulares y, al mismo tiempo, iguales por muchos años que vivas. En nuestra breve estancia en Eslovenia solo controlaba el comienzo de la primavera pero no el de la Semana Santa, eso acabó con el comienzo del domingo. Domingo de Ramos, un día soleado y tan brillante como cuando era un niño. Tras nuestro desayuno comunitario en el hotel Central bajamos al centro, a la Franciskanska cerkev. A medida que nos aproximábamos a la iglesia, veíamos como personas mayores y niños se dispersaban con ramas de olivo en la mano. Entramos por la primera puerta que encontramos, pero no era la adecuada, nos encontramos próximos al altar que estaba rodeado por curas vestidos de rojo con galas, estábamos en pleno escenario. Cerramos con cuidado la puerta y giramos alrededor de la iglesia franciscana hasta encontrar la puerta principal, aupada tras una escalinata en la plaza de Presernov trg. Allí nos topamos con un tradicional Domingo de Ramos interpretado por aquella ciudad eslovena, la Pasión según Lubiana. Sobre los muretes de defensa del río varios vendedores, recuerdo en especial a una señora mayor de pelo blanco, vendían ramas de olivos y ramos o flores artificiales confeccionadas con papel, la gente las compraba y entraba a la iglesia para que fueran bendecidas. La ceremonia interior era muy teatral, unos doce curas colaboraban en una ceremonia entorno al altar, presidido por un cuadro de la anunciación. Por las ventanas de la derecha entraban rayos de sol que peinaban el vacío del templo hasta que se estrellaban en los ornamentos dorados del púlpito, o de una capilla o sobre el pavimento de piedras giradas de mármol de colores. Una gran multitud seguía la escena en todas las posturas posibles, de rodillas, sentados o de pie, como en Sevilla. Cuando me adelanté al centro del pasillo para hacer una fotografía, me empujaron levemente dos personajes que formaban parte del elenco teatral y que venían de los pies de la iglesia, eran dos jóvenes con túnicas, una azul y otra blanca, apoyadas una en la otra. La gente se apartaba mientras ellas se dirigían al altar, pensé que una de ellas representaba a la virgen María, pero no tuve tiempo de curiosear más porque Kaulani entró a decirme que todos me estaban esperando fuera y sin más explicación me cogió de la mano y me sacó de allí.

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