Cartas desde Venecia 7

La ciudad estaba brillante esa mañana, pensé que el sol se instala en todos los Domingos de Ramos en recuerdo de las ancestrales fiestas paganas del equinoccio, algo que ocurriría al amanecer del día siguiente. Recompuesto el grupo seguimos paseando con ese ritmo errático que depende de la tolerancia de todos con todos. Así llegamos a la salida de misa de la catedral de San Nicolás, Stolnica sv. Nikolaja, los que salían iban endomingados y portaban palmas verdes, nos sorprendió también la salida de algunos grupos de seminaristas con sus alzacuellos blancos y sus hábitos negros, hacía años que no los veía; las monjas no iban en grupo, aisladamente andaban con la cabeza baja, cubiertas con el manto negro de filos blancos. La salida de la catedral, iluminada por el sol, era apenas un portillo abierto en una gran puerta negra de bronce donde en alto relieve se representaban en diagonal los bustos de los obispos locales, llamaba tanto la atención que se convirtió en objetivo de nuestras cámaras en la búsqueda de la mejor foto.

El resto de la mañana la empleamos en subir andando al castillo y comprobar la reconstrucción que se ha hecho del mismo utilizando los restos arqueológicos que existían. Una intervención excesivamente de autor, era difícil saber en qué estado se encontraba el castillo antes de la obra. En su interior nos entretuvo un buen museo de títeres en el que te dejaban utilizarlos, Kaulani y yo intentamos montar una escena que concluyó en un encontronazo de todos los muñecos. Las vistas sobre la ciudad eran muy buenas, sólo desde allí pudimos apreciar la construcción cúbica en ladrillos rojos de la biblioteca de Plecnik, Biblioteca Nacional Universitaria de Eslovenia. No estaría completa esta breve crónica sobre Lubiana sin mencionar una de las mejores heladerías del mundo que tuvimos la oportunidad de visitar por dos veces, en la calle Petkovskovo navrezje, frente a la stoa de Plecnik y al otro lado del río, se encuentra la Kavarna Cacao, como dicen en las guías turísticas: imprescindible visitarla.

La vuelta fue somnolienta y amenizada por música de un cantautor italiano de los años sesenta. Pero aún Claudia y Maurizio nos tenían reservada una última sorpresa, en las inmediaciones de Triestre nos detuvimos en la costa a contemplar el “tramonto”, en el único lugar de la extensa costa italiana donde es posible contemplar la puesta de sol sobre las aguas del mar Adriático. A pesar de la niebla que existía sobre el horizonte disfrutamos de un bello y único tramonto. Minutos más tarde bajábamos del coche en Piazzale Roma, nos abrazábamos y el puente de Calatrava nos devolvía de nuevo a la Venecia insular, es desde allí desde donde os envío esta nueva carta de Pascua. Como me han dicho unos amigos en un email: le tradizioni italiane: il capretto per la domenica e le uova sode con l’insalata giovane per il lunedì…

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