Cartas desde Venecia 9

Una de las imágenes más características de Venecia, aparte de los canales y los puentes, es la chimenea (camino), similar en su incorporación al paisaje urbano a los depósitos de agua y las escaleras contra incendio de Nueva York. Casi ninguna está en planta baja, suelen partir de la planta primera y todas se adaptan a la fachada como una protuberancia, una especie de cornisa vertical. Pilastras que no afectan a la planta baja pero que ocupan espacio público y terminan exentas, con una parte superior más ancha que me recuerda en circular la silueta de la Torre Velasca de BBPR, torres alineadas sobre el fondo de las cubiertas de tejas rojas. Tienen una tipología constructiva muy definida, se apoyan en dos piedras blancas de Istria alargadas, que surgen como ménsulas de las fachadas y sobre las que se construye un arco rebajado que absorbe el peso de la pared de la chimenea. Normalmente son rectas pero muchas de ellas tienen quiebros y reptan por las fachadas, bien porque facilitan la salida de humos de estancias que no siempre están una encima de otra o bien porque  sortean las ventanas ocupando la zona del muro no ocupada por las mismas. Estas cualidades constructivas aportan a cualquier vista de la ciudad elementos formales reiterativos y diversos entre sí, elementos que comparten las fachadas con el recercado de piedra de las ventanas o con las ojivas apuntadas o circulares del gótico veneciano. Como bien señala mi “nipote” Marichari, que se ha convertido en dos días en experta en arquitectura veneciana, también están los grandes ladrillos rojos venecianos, tan característicos, y los enfoscados pintados en una gama de ocres, rojos y sienas. Lo más extraño de esta costumbre de adosar los conductos a las fachadas externas, que debe tener un origen en algún tipo de normativa urbanística, es que las chimeneas funcionan mal y requieren de un aislamiento extra para facilitar el tiro. Como les decía, menos mal que ya ha mejorado el tiempo y no serán necesarias hasta el próximo otoño.

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El martes 5 de abril había quedado con Claudia en ir a Milano a ver a Giusa, a la residencia de ancianos donde vive ahora. Son las 8:36 y estoy en la estación de Santa Lucia que aquí se le llama “ferrovía”, sentado en el asiento 7c de la carroza 003 del treno Freccia Bianca (me gusta contar las cosas cuando están sucediendo, como hacía cuando estuve en la India) espero la salida del tren. Por encargo de Claudia llevo una maceta de gardenias blancas para Giusa, ¿cómo estará?, pienso, ¿me reconocerá?, ¿la reconoceré yo a ella?

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