Cartas desde Venecia 9

Cuando salgo trato de retener en mi mente el recorrido que he previsto en el mapa, a veces lo dibujo en la libreta pequeña que siempre me acompaña. Casi nunca me ayudo del plano, no me gusta pararme a la luz de un escaparate o bajo una lámpara a consultar dónde estoy. –Observo que todo el mundo en el vagón utiliza medios electrónicos, por supuesto que nadie escribe excepto yo, tampoco leen libros de papel. Hay tres ordenadores, dos tabletas y el resto son móviles. Sólo dos amigas que hay detrás de mí, hablan continuamente, me gusta eso, me vuelvo y les sonrío como si fuera el chino. Los campos vénetos son verdes y veloces tras la ventana.

Acontece, término que he aprendido de Antonio Fernández Alba, que la mayoría de las veces me pierdo, incluso he llegado a pretenderlo. Una vez volví dos veces al mismo sitio creyendo que andaba en línea recta, con una circularidad que nunca creí posible hacer inconscientemente. Con este sistema, similar al que utilizaba de adolescente en la Semana Santa de Sevilla, descubro nuevos lugares, algunos magníficos, al tiempo que aporto pizcas de aventura a los paseos, nunca va mal algo de adrenalina. Una tarde me perdí tan absolutamente que se hizo de noche y comenzó a llover, esto último no fue culpa mía. Serían ya las once de la noche cuando decidí pedir ayuda en la recepción de un hotel donde me dieron un mapa y me subrayaron con bolígrafo un itinerario hasta el Campo dei Gesuiti, itinerario que por supuesto no seguí al pie de la letra. Minutos antes había preguntado a un viejo de mi edad que me miró con lástima y fue incapaz de indicarme un camino, desesperanzadamente se limitó a decirme que estaba muy lejos de allí.

Ayer no fue así, tenía un objetivo claro: ir al “Paradiso Perduto”, un bar que en la época anterior al síndaco Massimo Cacciari era el único sitio donde te podías tomar una cerveza después de las once de la noche. Massimo Cacciari, además de excelente ensayista (autor del Ángel Necesario) y profesor de la IUAV, fue durante dos periodos alcalde de Venecia, tomando todas las medidas necesarias para abrir la ciudad a la noche y salir del convento medieval que era Venecia en la década de los ochenta. El Paradiso Perduto cerraba a las dos de la mañana, estaba considerado un verdadero antro y allí se reunía la juventud universitaria, también tenía buena cerveza, un gran jardín trasero y un piano que tocaba todo el mundo. Tras ilusionarme por el recuerdo nostálgico del Paraíso busqué el sitio en el plano – los chinos se ríen al mismo tiempo de lo que observan la tablet, siempre me resulta extraño ver en los demás como salta el resorte de la carcajada-, si cogía por la Strada Nuova, al llegar al primer puente y atravesarlo giraba a la derecha por la fondamenta que bordea el canal que acababa de atravesar y sin pérdida posible, al final de un nuevo puente estaría en el comienzo de la Fondamenta de la Misericordia –pasa una rubia menudita (poca cosa, no se crean) con el uniforme de Trenitalia que con la fórmula: “Buon giorno signore”, me inspecciona el billete, todo en orden-. Cuando está oscureciendo, durante el tramonto, la Fondamenta de la Misericordia es un descubrimiento, llena de bares con muy poca luz, con veladores al borde del canal, con cientos de velas sobre los mesas. Es mejor recorrerla teniendo el canal a tu izquierda, es una calle asimétrica en la que una fachada está sobre el agua y la otra sobre la calzada peatonal, de esa forma estás frente a la puesta de sol y puedes apreciar –un tren se acaba de cruzar con el nuestro produciendo una pequeña explosión que me ha cogido desprevenido y obligado a dar un respingo– un largo atardecer, ayer era un cielo “azzurro” en el que brillaban ya algunas estrellas mientras la oscuridad se hacía cada vez más intensa sobre las aguas negras del canal. Al cruzar un puente, sobre uno de los canales perpendiculares a la fondamenta, vi a lo lejos una ventana iluminada –pasamos por campos de vides, uvas y vinos– que flotaba en la oscuridad, reflejada sobre las aguas de los canales. Es una imagen muy bella aunque también muy triste.

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