Cuento de Navidad 01

Está nublado y es ya tarde. Cada vez hay más coches que esperan impacientes el verde del semáforo. Sé que a pesar de ser novato me han concedido el privilegio de vender pañuelos en una esquina “estratégica”. ¡Sí!, esas fueron exactamente las palabras de los compañeros de piso: -te dejaremos en un lugar comercial y estratégico, pronto te quedarás sin mercancía-.

El sol rojizo del atardecer ha reunido sus últimas energías para romper la capa de nubes. Entre negras formas orgánicas ha surgido una profunda y alargada sima azul, justo a tiempo para dejar pasar los últimos rayos del día. Aunque tengo experiencia de este fenómeno luminoso siempre me sorprende. El trazado en vuelo rápido de una paloma ha coincidido con el crepuscular haz luminoso y, por un instante, he visto el envés rosado de las alas al trasluz del sol trabado en el horizonte. A mi lado unos niños muy pequeños han aplaudido la escena meteorológica. Ha sido una representación gratuita para todos, para todos los que observamos con atención nuestro entorno.

El agua de los manglares siempre estaba roja y turbia. Un universo de vidas elementales se movía y moría entre aquellas raíces, bajo una lámina especular. Era arriesgado aventurarse a meter las manos bajo el agua, el azar podía hacerte tocar cualquier tipo de ser tenebroso y era la atracción del azar la que me invitaba a jugar allí todos los días, excitado por investigar en lo desconocido, en un espacio abovedado por ramas, hojas y rayos de sol. Una bicha enorme se restregó contra mi pequeña embarcación haciéndola tambalearse, ella también quería experimentar nuevas sensaciones. Entrar en aquel espacio del manglar era transgredir una frontera, pasar del mundo visible a un mundo asombrado, oscuro y tenebroso, permanecer bajo las titilantes hojas del manglar movidas por el viento. Un espacio inundado por un claror húmedo que esconde los olores y los sonidos más remotos de un mundo alternativo y aún en evolución…

-¡Chaval!, ¡chaval!, que estás dormido, dame un paquete de pañuelos-.

No comprendo aún el idioma aunque mi actividad no requiere de una oratoria excesiva. Ahora no pasa nadie. Echo la mano al bolsillo del chándal y extraigo una fotocopia plegada en cuatro partes. Contiene frases y un vocabulario que tengo que aprender. Repito una y otra vez para mí, para mi interior, sonidos sin sentido.

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