Cuento de Navidad 02

El arcón de madera pintado de gris navegaba entre las sombras de la noche. Hacía frio y me acurruqué bajo el peso de las dos mantas y el abrigo de mi madre, apenas me atrevía a abrir un ojo desde el borde fronterizo del embozo de la sábana blanca, aquella que daba título a la película a la que prometía mi padre llevarme cada vez que le pedía ir al cine. La luz era un enigma, si miraba fijamente hacia algún sitio terminaba creyendo adivinar la silueta de un objeto conocido que flotaba en una opaca oscuridad. Me gustaba ver amanecer en la lenta aparición de los objetos que se desprendían de la nada. En los instantes de transición, cuando la noche se transmutaba en día, la fantasía tenía su oportunidad y bien que la aprovechaba. Inquieto aguardaba la llegada del día para dilucidar si era cierto que a mi izquierda dormitaba un gigantesco elefante cuya trompa veía aterrorizado moverse en periodos irregulares, el claror de la mañana convirtió la enorme trompa en un abultado pliegue de la cortina que se movía con el aire que se filtraba por los viejos postigos de madera que cerraban el balcón, no debía dejarme engañar, estaba seguro que un enorme elefante había estado acompañándome toda la noche, y que al llegar la mañana se había producido la transmutación del elefante en cortina para mantener la apariencia del mundo visible en el que habitábamos, sobre eso no tenía duda alguna, aún podía oler un cierto perfume a circo en la alcoba. Pensaba que vivía entre dos o más realidades y que nunca sabría cual era la verdadera, los mayores eran demasiado confiados y aceptaban el engaño de una realidad aparente, excesivamente simple para ser real, esa era la razón de que sus presencias junto a mí y sus seguridades nunca me tranquilizaran en exceso. El mundo tiene mucho más espesor del que todos creen y en aquella época yo era capaz de atravesar las fronteras, de estar situado en las intersecciones, en los pliegues, en los umbrales, como cuando estaba asomado al balcón y atendía simultáneamente a las conversaciones de la habitación y a los juegos de los niños en la calle, realidades distintas e indiferentes entre sí. A veces me enternecía la ingenuidad de mi padre que creía que todo era lo que aparentaba ser, ignoraba que tras la máquina de coser de mi hermana se ocultaba una maldad latente e infinita que se alimentaba de la energía producida por la rotación de la rueda negra de hierro, alguna vez y tras un largo periodo de contención grité desesperado que dejaran de mover con los pies la plataforma que alimentaba aquel monstruo que acabaría con toda la familia.

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