Cuento de Navidad 02

Mi misión como guardián de las fronteras se hacía cada vez más científica y complicada, poesía y ciencia siempre han colaborado entre sí.

No sabía la hora que era, el claror del amanecer parecía no haber comenzado. Me sentí reconfortado bajo el peso de las mantas. Aquel día no había colegio, estábamos en las vacaciones de navidad, quedaban pocos días para volver a caminar, cuatro veces al día y seis días a la semana, el itinerario entre mi casa y el colegio. Por la nada que rodeaba mi cama imaginaba que aún tendría que pasar mucho tiempo para apreciar las primeras luces del día. Estaba medio adormilado, cuando los sueños intersecan la realidad, en el instante en el que creí oír un ruido que provenía de mi derecha, del lado donde debía dormitar el arcón de madera pintado de gris. En la oscuridad más cerrada localice un punto rojo de luz, como una estrella. Al principio no me sorprendí ya que era habitual que viera formas y colores, sobre todo cuando cerraba los ojos tras apagar la lámpara de la habitación. Después de unos segundos comprendí que estaba contemplando algo nuevo y diferente a cuanto había visto hasta entonces, el círculo rojo fue abriéndose y perdiendo color, algo se movía en su interior. Con una lentitud que me pareció exasperante la figura luminosa fue convirtiéndose en un largo pasillo que flotaba en la habitación, como si lo observara desde la mirilla de una puerta que paulatinamente se convirtiera en una ventana circular, en el ojo de buey de un barco. Al fondo del pasillo dos menudas figuras grises caminaban hacia mí, hablaban entre ellos y mostraban una agitación notable. Dejé de pensar en el círculo luminoso que flotaba en el centro de la habitación y me concentré en aquellos extraños personajes. Cuando estuvieron tan cerca que podía distinguir los rasgos de sus caras y escuchar sus voces, advertí que tenían rasgos orientales, chinos o japoneses. Vestían de uniforme gris con gorra de visera y casaca sin cuello, los pantalones no tenían forma, ni raya y concluían, casi en el suelo, en un gran círculo que me hacía pensar en la pata de un elefante. Discutían sobre su trabajo, huelgas, horas extras, manifestaciones… Cada vez eran de mayor tamaño. El pasillo era muy largo y aunque las dos figurillas iban creciendo en tamaño aún les quedaba un recorrido considerable hasta llegar a la habitación. No paraban de dialogar y discutir sobre su pesado trabajo, sobre el convenio firmado por el gobierno revolucionario con la patronal juguetera que no había sido bueno, ni mucho menos, y menos aún para ellos que eran trabajadores de base. Cuando alcanzaron el final del pasillo tenían ya el tamaño de personas adultas, sin dudar y como quien lo ha hecho a diario se dirigieron al arcón de madera pintado de gris y lo abrieron. Nada de lo que hicieran me parecía sorprendente después de la forma en la que aquellos trabajadores orientales habían llegado a mi cuarto, pero aún me quedaba por presenciar lo más maravilloso. Mientras uno de ellos sostenía la pesada tapa del arcón de madera pintado de gris, su compañero se sacó del bolsillo una minúscula escalera, que apoyó en el suelo, contra el borde del arcón, y tres objetos minúsculos que depositó también en el suelo. Nada más terminar esta faena empezó rapidamente a disminuir de tamaño hasta medir unos diez centímetros, en ese momento se echó al hombro los bultos del suelo, que resultaron ser paquetes de regalo, y empezó a subir por la escalera que para ese momento tenía el tamaño apropiado a su reducido cuerpo. Al llegar al borde tiró los paquetes en el interior del arcón de madera pintado de gris y, sin detenerse, comenzó a descender. Todo se desarrollo con simetría total, es decir, tras bajar de la escalera el pequeño chino comenzó a crecer hasta el tamaño de su compañero, se introdujo la escalera en un bolsillo de su holgada chaqueta, el compañero bajo la tapa con cuidado y ambos se fueron por el pasillo discutiendo sobre temas laborales hasta convertirse en un punto rojo y desaparecer. Varios minutos después me levanté y abrí la tapa del arcón de madera pintado de gris, en su interior descubrí los tres paquetes que ahora tenían ya un tamaño normal, sin abrirlos los toque y los meneé aproximándolos al oído para descubrir sus contenidos. Uno de ellos, el más pequeño, parecía contener una caja de lápices de colores “Alpino”, regalo que en aquella época reiteraban todos los años los Reyes Magos de Oriente, otro por su forma era una pistola de madera con cañón de metal y tapón de corcho, el tercero, en forma de paralelepípedo y algo mayor que los otros dos, me costó más trabajo de adivinar pero estaba seguro que era una caja de “Juegos Reunidos Geyper” que tantas veces había admirado en el escaparate de la juguetería de la calle Cuna. Eran mis “reyes”, alegre y emocionado por la generosidad de sus majestades los Reyes Magos de Oriente cerré la tapa sin hacer ruido, con el mismo cuidado con el que lo habían hecho los hombres de gris, y volví a la cama. Lo que me extrañaba era el hecho de no haber tenido en ningún momento miedo, ni el más mínimo temor. Todo había sucedido ante mí como en una película, en un espacio del que yo había estado ausente mientras sucedía la acción. Deseaba que llegara el día para poder contarles a mis padres lo sucedido, la forma en la que mis “reyes” habían llegado al arcón de madera pintado de gris varios días antes de la Noche de Reyes. Con estos pensamientos y excitado por lo que acababa de presenciar me quedé dormido antes de que amaneciera.

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