Cuento de Navidad 03

En este mes de diciembre los días son cortos y eso es lo normal, pero en donde yo vivo también son cortas las noches. Días y noches se suceden tan rápidos que se diría que la Tierra se ha impregnado de la extraña alegría de la Navidad que la hace girar atolondradamente, ya decía mi madre que a partir de que cumples los treinta el tiempo vuela. Me gustaría no tener un trabajo tan duro como éste que me tiene atado a la fragua día y noche, me gustaría tener tiempo libre para pasear por mi pueblo y gozar de estos días tan hermosos, gozar de las vistas de un horizonte nítido y zigzagueante, trazado por el borde de las altas montañas que acotan el Poniente de estas lejanas tierras. La cadena montañosa nos ofrece su cobijo y también protege el extenso valle surcado por las aguas del río que serpentea desde su formación en las montañas hasta su desaparición en la fosa tectónica de un pequeño lago, próximo a uno de los grandes palacios de piedra de esta aldea global. A la zona de Levante tenemos prohibido acercarnos los habitantes del valle, la llanura concluye en un abrupto barranco, en un precipicio del que se cuentan las historias más insólitas. Hay quien asegura haber escuchado voces y murmullos cuando se aproxima peligrosamente a esa cornisa geológica, dicen que las voces son de las crueles “circes” que protegen nuestra tierra del vacío infinito, de la nada, aunque esto nunca nadie lo ha confirmado. Los que se aproximan mucho al borde del barranco nunca vuelven, es una especie de Non Plus Ultra que condiciona la vida de los habitantes de la aldea. La gente que nos visitan, los comerciantes, los pastores, los reyes y los viajeros, siempre provienen de las montañas, montañas que suelen atravesar ayudados por mulas, caballos y camellos, aquí están prohibidos los automóviles y nunca nadie llegó de la parte de Levante, eso fue lo que más me escamó de la última visita de los tres Reyes de Oriente.

Me gusta mi trabajo aunque no me permita trasladarme a la ribera del río, donde están las lavanderas. Desde que tengo uso de razón estoy enamorado de una de ellas, la más hermosa, aquella que se inclina sobre las aguas del río con el pelo en la cara y que extiende luego sus sábanas blancas sobre el musgo de la orilla. Nunca tuve oportunidad de confesarle mi amor, aunque es cierto que nunca me atreví a hacerlo. Ella y yo, siempre estamos atareados con nuestros trabajos, tanto que en el pueblo se nos conoce a todos por nuestro oficio. El recuerdo de mi querida lavandera me ha puesto melancólico y ha traído a mi memoria viejas canciones de juventud, como aquella cuya letra decía: -…lavanderas de Portugal, muchachitas encantadoras, por el día van a lavar y de noche a enamorar…- Jamás vi a mi lavandera fuera de su ribera, y mucho menos de noche, debe ser que ella no es portuguesa. ¿Eran lavanderas o eran las banderas de Portugal? De la rivera, del paisaje en torno al río, lo único que no me gusta es ese señor catalán que a hurtadillas hace sus necesidades casi escondido entre los matorrales próximos a las aguas, justo al lado donde nadan la familia de los patos, mama pata y su prole de patitos, siempre en ordenada hilera.

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