Cuento de Navidad 03

Está bien que los pueblos tengan río y que se consuelen con ello de su distancia con el mar. El castillo sobre la colina se mira en las aguas profundas, llenas de peces. Un pescador ocupa todas sus horas con su caña y su tanza que lanza desde lo más alto del viejo puente de madera, la única línea vertical que puedes encontrar en el paisaje agreste y caprichoso de Neleb, que así se llama mi ciudad.

Permítanme describirles la aldea con un cierto orden. Es cierto que está construida en la ladera de una montaña, aunque sus construcciones estén muy desperdigadas y ocupen tanto el sorprendente plano horizontal del valle, como algunas de las colinas más abruptas. No existen calles y casi todos los habitantes estamos fuera de las casas, al aire libre, debe ser ello porque nunca llueve y la temperatura es siempre muy buena. No llueve pero nieva a juzgar por la nieve de las laderas de las montañas que se ven desde mi herrería. El territorio es geológicamente extraño, conviven las rocas que forman las últimas estribaciones montañosas con la arena del desierto que se ha convertido en nuestro pavimento urbano, tanto que para poder trabajar, los carpinteros, los mercaderes, los pastores o los pretores romanos, disponemos de una pesada losa de barro que trasladamos con nosotros a todos lados. El resto es desierto, musgo y nieve. Hasta las altas palmeras tienen alrededor esta losa que garantiza su estabilidad. Al contrario de lo que ocurre en las otras ciudades, las ciudades de los otros meses, los alcorques de los árboles están pavimentados mientras el resto es arena, tierra del desierto que arde como si fuera madera.

Mi aldea es un lugar prodigioso, un lugar que como un boquete abierto entre los estratos que separan los mundos contiguos permite la convivencia de animales, hombres, magos, ángeles y dioses. Es una ciudad militarizada, ocupada por las centurias romanas que lejos de ser agresivas se limitan a custodiar los lugares más inverosímiles vistiendo sus mejores galas. En pocos sitios como éste podría afirmarse que la arquitectura y el territorio son el atuendo del hombre. En Neleb no existen muebles ni sillas, y los pocos que existen están incorporados a las paredes de las casas, como el equipamiento que Le Corbusier pretendía para una casa estándar. A la variedad en el tamaño y la diferente procedencia de los habitantes, aquí nunca fuimos racistas, se une la variedad de las construcciones, que rivalizan en singularidad. Frente a las lujosas terrazas de los palacios de piedra encontramos el establo que ocupan una mula y un buey, y que inexplicablemente se ubica en una posición central y concita la atención de todos, mientras los palacios más ricos están en la periferia. También podría afirmarse que mi ciudad es una ciudad mercado, con sus puestos de carne, de embutidos, de pan, de fruta y de cerámica. Una ciudad agropecuaria, donde los huertos producen, en medio del desierto y del mes de diciembre, frutas y verduras de todas las estaciones del año, donde los pastores pastorean sus rebaños de cabras en las faldas de los montes, donde las vacas comen con libertad el verde y enorme musgo, donde las gallinas y los pavos picotean a las puertas de las casas, incluso en los tejados, un prodigio más de esta extraordinaria aldea mía.

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