Cuento de Navidad 03

Neleb, observada desde el precipicio, es el escenario de un teatro catóptrico sin espejos.

Neleb es la única ciudad del mundo que no es única.

Existen muchos nelebes repartidos por todos los lugares de la Tierra, por todos los países, por todas las otras ciudades, casi por todas las casas. Al igual que Marco Polo creía ver Venecia en todas las ciudades que visitaba y en todas las descripciones que le hacía a Kublai Kan sobre ellas, Neleb existe realmente en todos los lugares, quiero decir que existe físicamente, que es una ciudad global superpuesta a las ciudades específicas. Neleb es aún tiempo Diomira, Isadora, Dorotea, Zaira, Anastasia, Tamara, Zora, Despina, Isaura, Maurilia, Fedora, Zoe, Zenobia, Eufemia, Zobeida, Ipazia, Armilla, Cloe, Valdrada, Olivia, Sofronia, Eutropía, Zemrude, Aglaura, Ottavia, Ersilia, Bauces, Landra, Melania, Smeraldina, Filides, Pirra, Eufrasia, Otilia, Márgara, Getulia, Adelma, Eudossia, Moriana, Clarice, Eusapia, Bersabea, Leonia, Irene, Argia, Teda, Trude, Olinda, Laudomia, Perinzia, Procopia, Raissa, Anderia, Cecilia, Marozia, Pentesilia, Teodora, Berenice y todas las ciudades, reales o ficticias, que podáis imaginar.

Como decía Italo Calvino de Sofronia, todos los años el siete de enero Neleb desaparece:

Así todos los años llega el día en que los peones desprenden los frontones de mármol, desarman los muros de piedra, los pilones de cemento, desmontan el ministerio, el monumento, los muelles, la refinería de petróleo, el hospital, los cargan en remolques para seguir de plaza en plaza el itinerario de cada año.

En el caso de Neleb todo se empaqueta, incluso los habitantes, y se guarda cuidadosamente hasta que transcurra el resto del invierno, la primavera, el verano y el otoño siguientes, a la espera de un nuevo mes de diciembre. La única condición para la construcción de Neleb es que estemos en diciembre.

Línea de tierra de un sistema diédrico.

 

 

Paseaba contento y de la mano de sus abuelos bajo las esferas luminosas de la calle Sierpes, había sido un jueves prodigioso. Había estado toda la semana deseando ver la iluminación de la Plaza Nueva, que ya le habían contado sus compañeros de colegio. Había visitado los puestos de belenes de la plaza de San Francisco y los de libros de la Plaza Nueva, luego guardaron cola para ver el Belén de Caja Sol, el banco en el que trabaja su padre. Era el jueves 16 y aún quedaban muchos días para la Navidad pero la gente ya estaba contenta, a pesar de sus siete años él siempre supo captar el humor de los mayores. De lejos venían los ecos de unos villancicos flamencos que cantaba un grupo de Triana. Llevaba atada en la muñeca una cuerda que tensaba un globo de gas. Recordaba con placer los detalles del Belén que acababan de visitar, nunca olvidaría al herrero que golpeaba con un mazo un trozo de hierro incandescente, junto a una simulada fragua. Los abuelos le habían regalado esa nueva palabra: fragua, que le pareció la palabra más bella del mundo.

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