Cuento de Navidad 04

ANIMALES. Cuento senil para jóvenes.

 

Mis años y, en especial, mi atención extrema y continuada a todo lo que se mueve por su cuenta a nuestro alrededor: temperatura, nubes, plantas, estaciones, mareas, insectos, vientos, sentimientos, barcos, familia, agua, estrellas, amigos…, me ha llevado a comprender que el elemento más común a todos ellos es el error. Error que al tiempo que nos produce tristeza nos llena de esperanza, de la esperanza de ser capaces algún día de evitarlo, cuando no de suprimirlo. También los años y la atención han hecho posible que tome conocimiento de las cuatro historias que componen este cuento senil de Navidad, historias que se refieren a la ilusión, a la vanidad, a la ternura, a la emigración, a la incomprensión, al humor, al miedo, a la crueldad, al egoísmo, a la incomunicación, a la libertad, a la amistad…, sobre todo, a la amistad. En resumen, que muestran las materias de las que todos estamos compuestos aunque, eso sí, en porcentajes distintos y variables en el tiempo.

 

***

 

1 GATOS

La Gatalola esperaba como siempre en el pretil de la azotea a su amigo Gotagato, un pequeño gato silvestre de color amarillo. La Gatalola pensaba que Gotagato estaba demasiado mimado por su dueño ya que nunca se unía a las aventuras colectivas de los gatos del barrio. A ella le gustaban las mañanas soleadas, estar allí despanzurrada en el lugar más alto de la casa desperezándose sobre los ladrillos rojos calentados por el sol de un avanzado otoño. Para no perder el tiempo volvió su pezuña derecha hacia sí y comenzó a lavarla con detenimiento, para ello usaba de su lengua rugosa. Trataba de abrir las uñas y limpiar los rincones que quedaban entre ellas, insistía una, dos, tres, cuatro y hasta cinco veces en lamer la misma zona. De vez en cuando inclinaba la cabeza y aprovechaba la humedad de su pata para restregarla por su frente, desde la parte trasera de la oreja derecha hasta el hocico pasando por sus preciosos ojos atravesados por una línea vertical. Así podía entretenerse mucho tiempo, cambiaba de posición y con igual habilidad procedía con la pata delantera izquierda, reiterando los movimientos anteriores de forma simétrica, como si hubieran sido reflejados en un espejo. Lo que más le divertía en esos momentos de reflexión era asear su barriga y su vientre blanco, para ello se inclinaba hacia adelante mientras estando bocarriba la parte baja de su cuerpo reposaba sobre los ladrillos, era la posición que ella llamaba “mecedora”. El movimiento de su cabeza a un lado y otro tratando de lamer toda la superficie tibia de su vientre la hacía bambolearse continuamente. Gotagato se reía mucho cuando la veía hacer eso y caer sobre los costados, él decía que eran momentos más de “flexión” que de “reflexión”. A la Gatalola le molestaban tanto como los comentarios de Gotagato los granos de arena que se adherían a su lengua y para desprenderlos insistía lamiendo reiteradas veces sobre su pelo más limpio, sin gastar saliva.

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