Cuento de Navidad 05

En la gota que acababa de desprenderse del ojo izquierdo del cóndor en pleno vuelo se reflejaba el frío de la montaña. Nubes, rocas, despeñaderos, azules gélidos, riachuelos, glaciares, refugios, estrellas fugaces, silencios siderales, palmas y araucarias del valle constituían el pequeño paisaje esférico, también se reflejaban otros cóndores que desprendían otras gotas en las que se reflejaba ésta. La mínima sustancia líquida de superficie alabeada y achatada por la velocidad de su descenso deformaba con sus reflejos la mañana de primavera del hemisferio sur. Inventaba otra mañana y otra primavera, como ocurría con las otras decenas de gotas que se desprendieron aquella mañana de otras tantas decenas de ojos izquierdos de decenas de cóndores en vuelo. Cada gota reproducía una versión diferente del mundo, a un tiempo igual y distinto. Eso al menos pensaron los rebaños de llamas que pactaban en los valles, indiferentes a la mañana, a las montañas, a la primavera y a los cóndores, sólo atentas al acontecer de aquellas lágrimas brillantes, mínimas estrellas fugaces que chispeaban el aire alrededor de ellas.

La lágrima inicial de esta historia, la primera en desprenderse del ojo de un cóndor, la pionera, cayó sobre la nieve que comenzaba el deshielo y no se confundió con el agua, mantuvo su pequeña consistencia, su pequeña esencia líquida, hasta llegar al terreno y conducirse por en medio de las piedras y los granos de tierra manteniendo su autonomía, su esencia como lágrima de cóndor. La energía acumulada por el descenso y la terquedad de sus moléculas por permanecer unidas la llevaron a continuar filtrándose por los estratos geológicos, cada vez más profundos, cada vez más diferentes. Guiada por la fuerza de la gravedad no se detenía ni se mezclaba con las sustancias que atravesaba. A poco que encontraba un espacio vacío suficiente volvía a tomar su forma inicial como gota de mercurio. Ocurría igual cuando se evaporaba por el calor o se licuaba por el frío, siempre volvía a su entidad original, a su geometría de globo aerostático invertido, a su ser, a una lágrima de ojo izquierdo de cóndor, una especie de memoria genética la preservaba de su disolución.

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