Cuento de Navidad 06+1

A todos los que aún creen en la magia y en la contigüidad de espacios y tiempos.

 

Creo que es mi deber alertarles, ponerles en aviso, mejor en sobre aviso, advertirles para que tomen las precauciones que estimen convenientes antes de ponerse a leer como locos. Este es un cuento mágico, un cuento de Navidad, cuyo contenido puede, por ese sólo hecho, tener efectos secundarios. También es una historia real, no me refiero a una historia verosímil, que también lo es, sino a que la narración que a continuación acontece es la de unos hechos que he vivido y que sostendré como verdaderos (la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad) ante cualquier juez, ante cualquier jurado, con la mano en el corazón, en la biblia o en un ejemplar de cualquier constitución, nacional o extranjera, que igual me da; incluso bajo presión o tormento chino seguiré afirmando que los hechos que a continuación cuento son reales. Están ustedes advertidos, como decía un amigo mío: -luego no se llamen a engaño- (curiosa expresión ésta). JLT

***

¿Cómo era posible que esas cosas ocurrieran? Estaba desconcertado, anonadado. A pesar de su afición a todo lo inusual, mágico o diferente, no estaba preparado para asistir en persona a un suceso tan fantástico y maravilloso como el que en esos momentos estaba viviendo.

…estaba de pie tras tres personas que aguardaban delante de una ventanilla bancaria, reconoció la oficina de su banco ¿qué había ocurrido? Pensó. En ese momento si todo hubiera acontecido con normalidad debería estar en el “toyotita”, arrancando y saliendo por la estrecha calzada que había quedado en su calle tras la maldita reforma del Excelentísimo Ayuntamiento. No entendía cómo en un instante sin tiempo había sido trasladado desde el interior de su gélido Toyota Aygo a aquel local acondicionado, a aquella cola ante la conocida ventanilla atendida por la también conocida Isabel.

La historia, su historia, podría comenzar así:

Un hombre de edad avanzada se despertó un día laborable del mes de diciembre próximo a la Navidad. Como todos los días laborables y algunos festivos se levantó preocupado, tenía muchas tareas que hacer además de las preocupaciones de siempre que nunca se resolvían. Mientras se duchaba iba ordenando los mandados que haría esa mañana: primero solicitaría fecha en el Centro de Salud para una analítica que le había encargado el médico de cabecera,  luego iría al banco para reponer el dinero del gasto mensual de la casa y a ordenar una transferencia a una agencia de viajes, en el tiempo restante prepararía la clase teórica final del trimestre, una lección para el último día de clase antes de las vacaciones invernales.

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