Cuento de Navidad 08

LA NAVIDAD ANDALUZA DE ALFANHUÍ

(Discreto homenaje a Alfanhuí y a su creador Rafael Sánchez Ferlosio)

 

Donde se narran los maravillosos acontecimientos que ocurrieron cuando Alfanhuí[i] trató de hacer visible lo invisible.

 

***

 

Era una mañana blanca de principios del mes de diciembre, una mañana germinal en la que todas las materias parecían estar mezcladas entre sí por una niebla espesa como el engrudo. A medida que el día crecía y que los sueños de la noche quedaban atrás adheridos al blanco de la niebla, se cuajó una jornada fría y soleada. Por la tarde cada forma y cada materia volverían a ser autónomas y el paisaje se convertiría, de nuevo, en una suma de fragmentos, pero ahora, la mañana evocaba en su unidad el origen del mundo. Alfanhuí se había levantado muy temprano, como solía. Nunca, ni cuando era más joven, le habían retenido las sábanas y las mantas en la cama. Él siempre había presumido de haber visto todos los amaneceres de su ya larga vida. Los primeros rayos de sol que habían conseguido librarse de la bruma que ocultaba la rivera del Guadalquivir lo encontraron trabajando en su pequeño huerto de la Cornisa del Aljarafe, separando las hierbas malas de las buenas hierbas. Para él, desde su experiencia juvenil como mancebo en la herboristería de Palencia, todas las hierbas eran buenas, todas tenían una utilidad y todas eran curativas y necesarias. Como cuentan de las innumerables denominaciones que recibe la nieve en Islandia, también Alfanhuí sabía distinguir más de cien nombres de verdes diferentes, que clasificaba en seis grupos: los secos, los húmedos, los de la sombra, los de la luz, los de la luna y los del sol.

Muchos años habían transcurrido desde que Alfanhuí, sentado en una piedra, oyera a los alcaravanes gritar su nombre: “Al-fan-huí, al-fan-huí, al-fan-huí”, y apareciera sobre su cabeza, en el impresionante silencio que en la tarde suele dejar la lluvia cuando para, un gran arco iris de colores, mientras recordaba y lloraba la ausencia de su maestro: “Te llamaré Alfanhuí, porque tienes los ojos amarillos como los alcaravanes y porque ese es el nombre con el que se gritan los unos a los otros”. Poco queda, pensó, de aquel niño inquieto que aprendió a destilar los colores de la vergüenza amarilla y fría de los lagartos; del joven que obtuvo el título oficial de maestro disecador. Cansado de recorrer los duros campos de Castilla, había decidido trasladarse al sur, a Andalucía, a la tierra de Antonio Machado. Se miró las manos y observó las manchas marrones que la vejez iba depositando sobre su piel, sobre venas azules, quebradizas y fosilizadas que surcaban como estructuras vegetales ramificadas y sin sabia el dorso de sus manos, cubiertas ahora por una piel seca y escamosa.

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