Cuento de Navidad 09

Narración de ida y vuelta

 

Aquella mañana todas las cosas parecían más viejas que el viento, pensó el anciano relojero mientras observaba sin ver las hendiduras que el tiempo había depositado en el mostrador de su pequeña tienda. Podía recordar la causa de cada uno de aquellos surcos tallados en la madera, muchos días le separaban del estreno del mostrador de “madera maciza”, como le gustaba decir al carpintero de Santa Catalina que lo había construido. Con un movimiento casi imperceptible de la cabeza rechazó la melancolía asociada a aquellos recuerdos antiguos que hoy, sin ser invocados, acudían a su mente y le conectaban con ilusiones pasadas, cuando el aprendiz de la relojería de la Plaza del Pan decidió instalarse por su cuenta. Los muestrarios de correas como navajas blandas colgaban de alcayatas que casi habían perdido su forma angular por las capas de pintura que las cubrían. Le gustaba cada vez que pintaba la tienda, actividad que acometía una vez al año, cubrir con pintura todos los paramentos y con ellos todo lo que encontraba a su paso, incluidos los cables de la luz, los interruptores y los rodapié. Desconchones, chinchetas y moscas antiguas quedaban atrapados por la pintura, fosilizados, como en el interior de una masa de ámbar, por aquella nueva piel que cada año en vísperas de la Semana Santa reproducía el espacio de la tienda. Si se pudieran extraer las capas, separarlas una a una, imaginó, tendría una espléndida exposición de bellísimas habitaciones de diferentes colores y materiales, desde las primeras capas de “carburo”, a las de cal, temple, plástico… Muchos años, muchas estancias, las capas de pintura de su tienda necesitarían un espacio tan grande como la Plaza Nueva o la Alameda para ser expuestas, tantos eran los años que habían transcurrido y que había trabajado en aquella minúscula tienda de la calle Alhóndiga.

El relojero bajó la vista a su pequeño pupitre, perpendicular al mostrador, a las herramientas que hoy le parecían desgastadas, inservibles como los productos de un mercadillo callejero. Allí estaban ya sin brillo los portacajas metálicos de pequeñísimos tornillos, el micrómetro, los bruñidores, pinzas de todos los tamaños, el tornillo de banco que le permitía sostener los relojes mientras tenía ambas manos libres, dos martillos de joyero, varios punzones, alicates de pinzas afiladas, una vieja navaja, una caja de pequeños destornilladores, el fuelle, una perilla sanitaria de las que se utilizan para lavar los oídos, tres lupas, una de ellas con luz incorporada, algunos palitos de boj y una caja de ruedas dentadas de diversos tamaños, restos de relojes que no tuvieron arreglo. También estaba, colgado de un gran clavo, el viejo mandil de cuero con bolsillo central donde encontraba casi todo lo que se le perdía, piezas minúsculas que contrastaban con el grosero grosor de sus dedos.

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