Cuento de Navidad 10

Se podrá afirmar que la sociedad ha rejuvenecido porque los ciudadanos tendrán que adaptarse al nuevo medio urbano y como ocurría cuando éramos niños, cada día aprenderemos cosas nuevas. Las vivencias personales serán tan intensas que la memoria de cada uno volverá a activarse, los psicólogos las compararán con las de la infancia: –En cierto sentido es como si todos hubiéramos vuelto a nuestros primeros diez años de vida, a juzgar por la emotividad y magnitud de las experiencias y novedades  que vivimos-. En el siglo XX, el pensador, filósofo y escritor Aldous Huxley había advertido sobre la intensidad de los primeros diez años de vida que, según él, condicionaban ya el carácter de cada persona; el “Desfase Especular” aportará a cada persona la recuperación de esos años de intensa actividad cerebral, por lo que todos estaremos rejuveneciendo. Ya se advertirá en las calles y plazas un ambiente juvenil y festivo. Cualquier suceso servirá como motivo para generar ilusiones, encuentros inesperados y nuevas amistades. La novedad del fenómeno será tan intensa que los ciudadanos se sentirán más unidos que nunca. La atracción por las superficies reflectantes será tan evidente que cambiaremos nuestra forma de mirar. La visión  actual observa formas y materias, su mayor cualidad es la profundidad, ir más allá, ver el interior de las viviendas atravesando el vidrio de las ventanas, curiosear a nuestro paso por los zaguanes hasta ver patios o jardines traseros o perderse en la lejanía casi imperceptible de algunos paisajes; sentados en la playa delinear con la mirada, una y otra vez, el horizonte del mar. En cambio los reflejos como foco transformarán nuestra forma de mirar, miraremos por delante de lo que vemos, como quién mira la calle desde una ventana e inesperadamente nos llama la atención una mosca apoyada sobre el vidrio, en un instante adaptamos el cristalino para esa corta distancia, mientras la calle se desdibuja como un fondo sin forma. Delante de los escaparates adoptaremos la mirada de los ciegos, rechazaremos la visión de los objetos expuestos y centraremos nuestra focalización en los límites, en aquello que apenas tiene existencia, que no es materia ni forma, que es una condición superficial de la materia, resultado de las superficies pulidas o bruñidas. Miraremos el imposible plano frontera entre la calle y la tienda, entre el aire y el vidrio, que hasta entonces suponíamos transparente. Una mirada similar a la de Claude Monet cuando durante treinta años pintó, una y otra vez, el reflejo sobre la charca de nenúfares del jardín de su casa. Un lugar sin materia, un lugar sin lugar donde el aire se transmuta en agua, donde se produce el encuentro de aquello que proviene del fondo, de las oscuridades de la tierra, con las nubes y los pájaros suspendidos en el aire, dos mundos visibles pero inalcanzables que sólo los reflejos sobre el agua muestran y superponen, el lugar inexistente donde se mueven los ángeles. Descubriremos que lo que nos interesa está en la superficie y que los hechos extraordinarios suceden en el espacio, en las distancias entre los objetos. Nos equivocábamos, pensaremos, cuando concedíamos al interior de las cosas, al núcleo, la esencia cualitativa del mundo. Erróneamente decíamos que teníamos que “profundizar” en un tema o ir hasta el “fondo” de un asunto, cuando es la superficie de los objetos la que contiene el secreto de los mismos, incluida su forma.

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