Cuento de Navidad 10

Una afortunada coincidencia para los creyentes cristianos hará coincidir el nacimiento de Cristo con su fecha de celebración del veinticuatro de diciembre de 2020, no sin un extenso debate social sobre los calendarios Gregorianos y Julianos, la inexistencia de un año cero y la constancia de que Jesús nació a.C. Como las sombras y los reflejos se estarán produciendo en sentido inverso los testimonios de la existencia de Jesucristo deberán comenzar el domingo trece de diciembre con su Muerte y Resurrección, o mejor dicho, con su Resurrección y Muerte, coincidiendo su hipotético Nacimiento, la Natividad, el jueves veinticuatro. Para esa época la aceleración de los reflejos inversos resumirá en apenas diez días de tiempo real los treinta y tres años de la vida de Jesús de Nazaret, desarrollada en Galilea, Judea y Jerusalén. Las agencias de viaje trabajarán ese año sobre un destino único: Israel, tal será la demanda mundial de medios de comunicación, organizaciones, instituciones y turistas que no se querrán perder la Navidad más significativa tras la que contuvo el Nacimiento que da sentido a todo. La ciudad de Nazaret triplicará el número de sus habitantes en ese año, pasará de 80.000 a 250.000, la denominada Baja Galilea parecerá un gigantesco camping que llegará por el norte hasta las estribaciones del monte Tabor. Una gran inquietud condicionará la vida social, como si se tratará de un evento deportivo, agnósticos y creyentes debatirán sobre los acontecimientos que se vivirán durante esos diez días. Greg Burke, portavoz del Vaticano, se apresurará a argumentar sobre la falibilidad del programa FOP y la grabación de los reflejos: –Aunque se traten de percepciones físicas, la distorsión del medio atmosférico que nos ha llevado a vivir estos momentos significativos para la humanidad no garantiza su verosimilitud con los hechos históricos que se cotejan. Tampoco el automatismo informático del programa FOP garantiza su fidelidad con los acontecimientos-. Declaraciones que acogerán todos los medios como una prueba de debilidad del Vaticano y de la fe del Papa Francisco.

A pesar de la intensidad y trascendencia de esa nueva Navidad, los ayuntamientos seguirán inútilmente intentando iluminar las calles y plazas céntricas con la simplicidad de las verbenas de barrio que siempre me produjeron sentimientos de tristeza. Una iluminación de leds que nadie sabrá cuándo podrá ser vista, –lo hacemos de cara al futuro– dirán los políticos más insensatos al ver los lamentables resultados. Los conventos venderán sus mejores dulces, los campanilleros cantarán por las calles, la lotería nacional de Navidad se anunciará un nuevo año con un spot sensiblero, los ciudadanos pondrán belenes y árboles adornados y todos se felicitarán por las calles añadiendo una coletilla al rutinario saludo de “Feliz Navidad… y a ver qué pasa”, nada alterará la tradición social de la estación. También yo estaré interesado en conocer los resultados de la restauración del pasado, aunque para ello, como les pasa a todos ustedes, tenga que esperar aún cuatro años. Mientras tanto,…los sucesos e historias del pasado y del futuro se mezclarán y encontrarán en ese presente…

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