Cuento de Navidad 10

En unos pocos segundos, casi sin quererlo, pondré en orden todas las tareas pendientes para esa mañana, comprar en el supermercado el huevo hilado que adornará la pata de jamón que tendré ya horneada desde el día anterior; recoger y atornillar los asientos de mimbre de las sillas del comedor, que se parten todos los años; felicitar a los amigos alemanes, italianos y canarios; poner sobre la vieja cómoda de caoba las figuras del Misterio a modo de belén “abstract”; comprar suficiente pan y cortar jamón –quenonosfaltedená-, también iré a la gasolinera a por las bolsas de hielo para las bebidas… A medida que vaya recobrando la consciencia perderé la mágica somnolencia de la noche y ocuparé mi mente con estas listas de actividades rutinarias y precisas, como siempre. Hace ya más de treinta años que me encargo de la cena familiar de Nochebuena y se cumple cada año una ley vivencial, que la lista de quehaceres es cada vez más larga y la de comensales, amigos y familiares, más corta.

No podría asegurarlo pero habré debido quedarme dormido ya que transcurridos unos pocos instantes las imperceptibles líneas de luz de la ventana se han convertido en rayas de sol que se deforman sobre mi cuerpo, rebeldes, inclinadas y ajenas a la ortogonalidad del cuarto y del rectángulo de la cama. La luz invernal de los rayos solares, peinada y tamizada por las cenefas de croché de la antigua cortina y por las rendijas de la persiana, se proyectará en segmentos alineados sobre las superficies irregulares de la alcoba. Mi inmovilidad y las arrugas del edredón me servirán como guía para detectar el movimiento de las figuras luminosas. Haces de luz atravesarán el espacio iluminando miles de motas blancas que flotarán en el aire denso como restos de energía difuminada, como polvo de estrellas. Cualquier irregularidad me servirá de eje de coordenadas para apreciar el lento desplazamiento del sol que con sus rayos pespunteará la mañana de ese buen día que espera mejor noche. Hasta mi habitación llegan los movimientos interestelares de las estrellas y los planetas, el dormitorio se habrá convertido en una cámara oscura que estampa en la sombra los misterios del universo. No podré reprimir la comparación de las partículas de polvo, desveladas por la luz confinada en la penumbra, con los sistemas estelares y las galaxias, como hago habitualmente. La sombra, como siempre, pienso, nos ayuda a comprender el mundo.

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