Cuento de Navidad 10

Me levantaré tambaleándome, apoyando las manos en las paredes y quicios alcanzaré la privacidad del cuarto de baño, creo que no lo puedo evitar pero también contribuye a ello el recuerdo de cómo lo hacía mi padre en sus últimos años. Tras orinar centraré mi atención en el espejo que preside el lavabo, dispuesto a hacer una primera exploración de esa cara que me es tan conocida y a la vez tan extraña. Un ritual que cada día cumplimos todos en el altar sanitario, frente a un espejo enmarcado por botes, grifos, tulipas, pastas y cepillos de dientes; un ritual que carece de sentido si no es el de confirmar nuestra vuelta a la realidad tras el sueño nocturno, ¿qué esperamos ver cuando nos asomamos al espejo por la mañana?, el reconocimiento de que seguimos siendo nosotros, nosotros mismos. Estaré tan somnoliento que me parecerá ver mi cara en el espejo con centésimas de segundo de retraso, ¿será posible? Esa sensación continuará mientras me afeito; cada gesto, cada movimiento de la cuchilla, se producirá con una casi inapreciable demora, imperceptible pero suficiente para ser estimada. Tras la ducha estaré un rato haciendo muecas delante del espejo empañado para confirmar el desfase que, efectivamente, seguirá existiendo. Saldré del cuarto de baño preocupado, creyendo que algo en mi cerebro o en mi sistema nervioso está alterando mi percepción de la realidad. Como estaré tan ocupado, pronto desecharé mis inquietudes para más tarde, ¿tendré que ir a un neurólogo?, pensaré. Sin tiempo para encontrar ninguna explicación lógica del fenómeno me dispondré a cumplir las tareas que me había encomendado, y es que la tradición siempre se impone a la racionalidad.

Tras una activa mañana de trayectos en la moto, aparcamientos sobre las aceras, compras inútiles, saludos efusivos y felicitaciones absurdas, aprovecharé el almuerzo para descansar un poco y conocer las noticias que ofrecerán los canales de televisión. El mundo con sus guerras y sus violencias de todo tipo seguirá sin respetar la fecha navideña, menos mal que el tiempo atmosférico será bueno durante todo el fin de semana y que Lionel Messi no estará lesionado, y ni tan siquiera vomitará en los últimos entrenamientos. Al final del telediario de la primera, a modo de magacín y entre varias noticias de ambiente vacacional, informarán de una singular denuncia de algunos vecinos del Puerto de Santa María que aseguran tener sus espejos estropeados ya que no reflejan las imágenes en el momento en que se producen, –es como cuando ves marcar un gol en la televisión que ya has escuchado previamente en la radio– dirá un aficionado; –habrá que descambiar los espejos por defectuosos– apuntará con sorna un señor mientras desayuna apoyado en la ventana de un bar. Todo parecerá formar parte del alegre ambiente navideño. –Un milagro más del niño Jesús– dirá una señora elegante que habla fino y se acerca al reportero cargada de bolsas y con el diario La Razón en la mano, ¿oiga, puedo saludar? Al principio la noticia no me gustará, de nuevo una forma discriminatoria de presentar al pueblo andaluz y su maldita “gracia” ignorante, pensaré; pero tras unos instantes caeré en la cuenta de la relación que la noticia tiene con mi experiencia matinal y volveré a inquietarme.

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