Cuento de Navidad 11

Han pasado meses y continúo en mi larga transición, primero echaron las cortinas blancas que me separaban del resto de los niños de la habitación y luego me trasladaron a una habitación individual donde permanezco por prescripción facultativa en estado quiescente, como las crisálidas de las mariposas. Junto a la especialidad de “especialista”, he conocido ahora la de “cuidados paliativos”.

Hoy ha sucedido algo diferente, el tío Antonio me ha traído un bellísimo libro blanco, se llama Angelología y contiene reproducciones de dibujos y cuadros que representan a ángeles, arcángeles, serafines y querubines. Es muy grande y en las páginas de la derecha tiene las estampas y en la izquierda un texto que informa del autor y del lugar donde se encuentra el original. No dejo de mirarlo. Me gustan los colores de la Anunciación de Fra Angelico, los contrastes entre el azul del manto de la virgen y el rosa de la túnica del ángel anunciador, la desproporción entre el tamaño de las figuras y el templete abovedado que las cobija, y sobre todo y más sorprendente, las alas del ángel que nacen de su espalda y parecen estar talladas en piedra, incluso la postración del ángel parece debida a su enorme peso, alas arquitectónicas carentes de volatilidad. Son enternecedores los traviesos angelitos de la Madonna Sixtina de Rafael Sanzio, que se asoman como espectadores en la parte baja del cuadro, pensativos y críticos entre nubes. El juguetón ángel cupido de la Venus del espejo que sostiene maliciosamente la imagen de la cara de venus sabedor de encontrarse en el lado prohibido de la estancia, desde donde ver el censurado frontal desnudo de la diosa. El bello romanticismo lírico de los tres ángeles músicos del cuadro de William Bouguerau, Canción de los Ángeles, tantas veces utilizado como felicitación de Navidad. Los atareados ángeles de Murillo que cubren con su trabajo el éxtasis improductivo de Fray Francisco Pérez en la Cocina de los Ángeles…

Nada llamó más mi atención que las páginas finales del libro, unos dibujos de líneas que parecían hechos por un niño, los ángeles de Paul Klee, tiernas figuras que habían sido convocadas por una página en blanco y que se asomaban desde un lugar ignoto a este lado de la realidad, trazos continuos de lápiz que como los itinerarios erráticos en la mar de los barcos de Lewis Carroll, desplegaban formas disfrazadas de ingenuidad… Al principio no me gustaron nada, frente al neorrealismo barroco de las páginas anteriores estos ángeles me parecían dibujos torpes e improvisados, ¿merecían su reproducción en aquel papel couché brillante de tanta calidad?, y sobretodo, ¿merecían haber sido seleccionados por el editor del libro entre los cuadros de los mejores pintores del mundo?

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