Cuento de Navidad 11

No sé cuándo sueño y cuándo estoy despierto, mi vida ahora está compuesta por fragmentos, fragmentos que tienden a unirse casi arbitrariamente con la escasa lógica de la secuencia temporal, la única que se mantiene en mi memoria. Como en los fotogramas de las películas americanas en mi consciencia ha aparecido el fundido, sueño y realidad se funden en un flujo de imágenes que percibo sin atinar a distinguir la frontera entre mundos contiguos, una sutil franja de intersección entre lo vivido y lo pensado. Desde los agujeritos del viejo ropero de mi cuarto me llegan los olores infectos de cuerpos corruptos, alguien me pasa una paño por la frente, corro por el campo arrastrando una cometa de papel con una larga cola de trozos de telas de colores, me detengo para tomar aliento y corto papeles redondos que engarzo en la cuerda de la cometa y veo como se elevan hasta alcanzarla, una enfermera de paliativos me cambia el bote de suero y me lava, junto a mí, mi madre llora silenciosamente mientras me besa la frente. Ahora tengo la seguridad de estar atravesando la frontera, mi situación se define con claridad, mientras el paso del tiempo se emborrona, como si se arrugara incapaz de mantener la rectitud planchada de las horas y los minutos que marcan los relojes.

Así van pasando los días, entre dolores y ensoñaciones. Casi soy ángel ya que me encuentro en la frontera, en el límite de mi consciencia, mi contacto con el mundo se ha vuelto intermitente y velado. El libro de los ángeles permanece siempre a mi lado abierto por las páginas finales, a veces los dibujos me parecen cartuchos de papel, líneas que guardan un secreto, un misterio, como la metamorfosis de una crisálida. Una tarde, sin que nadie me viera, puse un papel encima de uno de los dibujos y lenta y fatigosamente, como quien se desplaza sobre la nieve blanda, seguí con la punta de un lápiz la sombra de la línea cubierta por la hoja de papel en blanco. Entonces comprendí que aquellos dibujos eran algo más que un croquis, que el lápiz dibujaba caminos. En una de las páginas de la izquierda se podía leer una frase de Paul Klee que desvelaba el secreto de aquellos dibujos: Una línea es un punto que ha salido de paseo. Los ángeles son la representación gráfica de un movimiento, una energía mínima que se incrementa como si nos desplazáramos por una cuesta abajo. Eran esquemas de itinerarios, como las complejas líneas que dibujan los pájaros del patio de mi casa y que tantas veces había tratado de dibujar. Dibujos que describen líneas energéticas, vectores complejos de fuerzas. También supe que Klee cuando los dibujó se encontraba en una transición, dolorido y próximo a la frontera, en una situación similar a la mía, razón por la que sus dibujos tienen un carácter muy personal y caligráfico, sus ángeles son firmas, porque cada vida es la realización de un dibujo que completamos con nuestro último desplazamiento. Recordé que el abuelo Pepe me había dicho que toda nuestra vida es una especie de itinerario que se podía dibujar con líneas sobre un mapa, dando como resultado una madeja de líneas que se entrecruzaban como la firma de un notario, posiblemente nuestra verdadera firma vital con líneas abiertas y marginales, alejadas del centro, frente a otras superpuestas que constituían el corazón de un nudo formado por miles de ellas. Daba igual que la persona hubiera viajado mucho o poco, los dibujos de los itinerarios recorridos siempre son similares, es una cuestión de escalas. También son flujos, corrientes que circulan por sistemas nerviosos o sanguíneos.

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