Cuento de Navidad 11

Los ángeles de Paul Klee me guardaban y protegían en aquella alta cama mecánica, ahora tenía más de un ángel por esquina, treinta y dos para ser exactos. Los más tímidos bajaban la mirada mientras los burlones me guiñaban un ojo cada vez que pasaba una página. Pronto descubrí en la izquierda sus nombres traducidos, Klee había terminado siempre sus dibujos escribiendo en la base su denominación en alemán. Los nombres eran igual de sugerentes que las imágenes, se diría que una traducción literaria de su volátil apariencia: Ángel lleno de experiencia, Ángel pasado de moda, Más pájaro, Ángel en el bote, Ángel todavía feo, Ángel del perdón, Ángel dudoso, Ángel feo, Ángel olvidadizo, Ángel pobre, Ángel campana… Una especie de letanía angelical laica que copié en una hoja y que leía despacio, como si dijera una oración. Las palabras alemanas originales, que había copiado en una columna paralela, sonaban aún más trascendentes: Engel voller hoffnung, Altfibuger Engel, Mehr vogel, Engel im boot, Engel noch häslich, Zweifelnder Engel, Hässlicher Engel, Altkluger Engel, Vergesslicher Engel, Armer Engel…

-Está delirando- oí decir a la enfermera.

No sé cuánto tiempo quedaron estos ángeles sobre mi cuerpo, el libro abierto por una de sus representaciones y apoyado en mi pecho mientras pasaba una de mis, cada vez más frecuentes y prolongadas, ausencias. No era capaz de distinguir entre sueño y realidad, a ratos, cuando creía estar despierto, me visitaba el alegre cupido de Velázquez o disputaba mi libro con los traviesos querubines de Rafael Sanzio. Una y otra vez recorría con mi imaginación el dibujo de los ángeles como si se tratara de un circuito, de un itinerario urbano como la cabalgata de los Reyes Magos. Los ángeles dejaron de ser imágenes para convertirse en cauces, como las canales retorcidas del patio de columnas de la casa donde nací.

Comencé a sentir que aquellas líneas de lápiz eran precursoras de la nada, que “apenas tenían presencia, que si eran sonido lindaban con el silencio; si eran palabras, con el mutismo; presencia que de tan pura lindaba con la ausencia” (M.Zambrano). Y me fui alejando de los ángeles, de sus caras y de sus cuerpos, para concentrarme en su encauzamiento, en su flujo que a través del contacto del libro con mi piel se iba adentrando en mi cuerpo, sentía el leve calor que se desprendía del movimiento, cada vez más rápido, cada vez más energético. Llegué a pensar que el dibujo formaba parte de mí, que era una dilatación de mi sistema sanguíneo, mi sangre circulaba por un serpentín externo que la depuraba y la devolvía sin mácula. El Ángel del Perdón juntaba sus manos y bajaba sus ojos como si asistiera respetuoso a mi letanía angelical. Sus alas y su túnica formaban tres triángulos que filtraban todo tipo de impurezas mientras su cabeza hacía equilibrio sobre su cuerpo. A veces me dejaba llevar por el flujo y también yo salía fuera de mi piel y subrayaba una y mil veces aquel ovillo de líneas, advertía como subía lentamente por el ala hasta alcanzar el punto de inflexión y caía bruscamente por el otro margen. Las alas de los ángeles de Klee se distinguen por sus picos que simulan montañas, en mi caso “montañas rusas” que estremecían mi interior.

  • ••

El 22 de diciembre, mientras en todas las radios sonaba el soniquete de la lotería, Ángel fue dado de alta de la Casa de los Ángeles y devuelto a sus juguetes, su metamorfosis angelical había quedado interrumpida por causas desconocidas.

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