Cuento de Navidad 11

Con naturalidad Ángel volvió a su corre-pasillos que tenía desde que cumplió dos años, volvió a correr por el corredor impulsándose con las piernas que ya tenía que doblar casi a la altura de los hombros, a hacer el ruido del motor con la boca antes de simular el arranque con una batería gastada, como ocurría tantas veces con el coche de su padre, a hacer giros inverosímiles cuando cruzaba la puerta de la salita del televisor, a arreglar el vehículo volteándolo y engrasando sus ruedas con un “tres en uno” vacío. Mientras tanto, desde de la cocina, se extendía por toda la casa el apetitoso e inconfundible olor a Navidad que surgía del horno, la pata de jamón asado de aquel año sería la mejor, como opinaban todos, todos los años.

 

 

POST SCRIPTUM

Con el párrafo anterior podría haber terminado este Cuento de Navidad si no fuera porque el tío Antonio en homenaje y gratitud a los ángeles dibujados por Paul Klee para su hijo Felix durante los dos últimos años de su vida y que tanto protagonismo habían tomado en esta historia, reprodujo tres de los treinta y dos ángeles. Los ángeles elegidos fueron el “Ángel del perdón”, el “Ángel campana” y el “Ángel pasado de moda”. El tío Antonio imprimió setenta y dos cartulinas, veinticuatro por ángel, de un tamaño algo mayor que las estampas de primera comunión pero más pequeño que las tarjetas postales. Con un corcho fabricó un tampón que quería reproducir el corazón sangrante, un corazón que gotea sangre y que es atravesado por una flecha, diseñado por Josep María Jujol para la tienda “Casa Mañac”.

El tiempo de la existencia, el que acota la vida de cada uno con un principio y un fin, está indefectiblemente unido a los latidos del corazón (la víscera indispensable para que el cuerpo funcione). Hay un momento singular en el que un cuerpo está ocupado por dos corazones independientes que bombean sangre por separado: el embarazo. Durante el embarazo se solapa la existencia de la madre y la del niño, y, si retrocediéramos a la infancia de la madre, de ella como niña y su propia madre, y así hasta el origen de la humanidad. Ese tiempo singular, ritmado, (en oposición al tiempo sin límites, sin principio ni fin) de la existencia, que sí tiene nacimiento y muerte, se solapa con otros anteriores, también con nacimiento y muerte, y se retrotrae hasta el inicio del mundo. La víscera que mantiene esa continuidad entre singularidades nunca ha parado de latir: el corazón.” Josep Llinás, 2017.

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