Cuento de Navidad 11

Los niños más pequeños, tan próximos aún a la frontera del tiempo, mantienen adherida a su piel la volatilidad de los ángeles.

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Todo comenzó hace ya mucho tiempo una mañana que no fui al colegio, creo que antes del verano, mi madre se arregló como cuando vamos a casa de los abuelos. Íbamos andando por calles que yo conocía, aprovechando la seguridad de la mano de mi madre me fui subiendo en los pequeños postes de hierro que nos fuimos encontrando. Otras veces no me dejaban hacer eso, decían que era peligroso, que me iba a caer y todas esas cosas, pero aquel día mi madre iba muy callada, incluso no atendió al saludo de una vecina, quizás esa fue la razón de que me permitiera ir jugando, aunque a veces me tiraba de la mano y me regresaba a su lado. En la puerta de aquella casa grande con muchos vecinos nos esperaba mi padre, me solté de la mano y fui a abrazarlo, mi madre también estaba sorprendida. -He pedido permiso en el trabajo para acompañaros-, dijo como disculpa. Dentro había mucha gente hablando, sentada en filas de sillas en pasillos enormes. También había muchas habitaciones de las que salían hombres y mujeres con vestidos blancos y con vestidos verdes, ¡ojalá no sean todos béticos!, pensé. Me senté entre mi padre y mi madre, no me gusta cuando la gente que no me conoce me toca la cabeza y dice: -¡Qué niño tan guapo!- Recordé que en el bolsillo llevaba dos bolas de vidrio, me levanté y me puse a rodarlas por el suelo. En los altavoces dijeron un número, –esos somos nosotros- dijo mi padre, y nos metimos en un dormitorio muy raro, con una cama sin colchón, alta y muy estrecha, también había una mesa con dos personas, un hombre y una mujer que nos saludaron al entrar. Entre la cama y la mesa había una cortina blanca que dividía la habitación en dos. Nunca había visto nada igual, aquel cuarto era una mezcla de la oficina de mi padre y de un dormitorio, ¡qué cosas más raras hay en el mundo!

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